jueves, 12 de octubre de 2017

En memoria del "Che" Guevara, sembrador de esperanza

      Se cumplen ahora los 50 años de la ejecución de Ernesto Guevara [Rosario (Argentina), 14 de junio de 1928 - La Higuera (Bolivia), 9 de octubre de 1967], más conocido como el “Che” Guevara. Fue médico, político, militar y escritor. Murió joven y, enseguida, ascendió a los altares de la leyenda y del mito. Así, su retrato, con barba, pelo largo y boina negra -con la estrella de cinco puntas- cubriendo su  cabeza se convirtió en un auténtico icono del movimiento contracultural, visible todavía en las camisetas y chapas que lucen algunos jóvenes, en base a su condición de líder revolucionario. Ello, forjado en gran medida, por su contribución como ideólogo y comandante, junto a Fidel y Raúl Castro, entre otros, a la Revolución cubana, bajando desde Sierra Maestra para derrocar al dictador Fulgencio Batista. Participaría, asimismo, en la organización del Estado cubano, ocupando altos cargos en áreas económicas y de representación exterior hasta 1964.
A partir de esta fecha salió de Cuba para promover experiencias guerrilleras en América Latina, las que, si bien fracasaron, sentarían las bases de posteriores movimientos guerrilleros. Se aventuró primero en el Congo y, en 1966, en Bolivia para luchar contra la dictadura del general René Barrientos. En este país, tras una delación, sería capturado al ser sorprendido por el ejército boliviano en colaboración con la CIA. Lo ejecutaron en la tarde del 9 de octubre del 67, en el pueblecito de La Higuera. Después lo trasladaron en helicóptero a la ciudad de Vallegrande, exponiendo su cadáver en la lavandería del hospital. Su tumba permaneció bajo secreto militar, hasta que lo desveló el general Vargas Salinas en 1995. Esto posibilitó la recuperación de sus restos, que  fueron devueltos a su Cuba adoptiva en octubre de 1997. En la actualidad, reposan en el mausoleo levantado en su honor en la ciudad de Santa Fe.
            Y ha sido en este lugar de peregrinación para militantes de izquierda de todo el mundo, donde el Gobierno cubano del presidente Raúl Castro ha rendido tributo a su figura y a su legado. Recordando al Che como un "ser humano íntegro", "modelo de hombre altruista" y "excepcional revolucionario".
            En este mismo sentido de reconocimiento, damos en reproducir aquí un hermoso poema de la soriana Concha de Marco. Apareció escrito en el periódico “España Republicana”, año XXXL, Nº 688, La Habana, 15 de octubre de 1969. Págs. 49-51. Dentro de un suplemento de “Homenaje al Che” en las cuatro lenguas de España, con la participación de muchos poetas entre los que destacan Vicente Aleixande, Gabriel Celaya, Antonio Gamoneda, Manuel Pedrolo, Carlos Casares y Gabriel Aresti. Eran aquellos tiempos en que los intelectuales de la izquierda española acudían a las recepciones de la embajada de Cuba en nuestro país.
            Nuestra poeta celebra lo que fue su trayectoria partiendo de esa canción popular propia del norte de Argentina y extendida después a la pampa, denominada vidala (lo relativo a la vida) y que se caracteriza por llevar una cuarteta como estribillo. Su título es: “Vidala en honor de Che Guevara”. Y dice así:
“A veces sigo a mi sombra / a veces viene detrás / Pobrecita cuando muera / con quién se irá. //
Hombreador de todas las miserias / Del embrutecimiento provocado por hambre o por castigo / la clandestinidad su moneda de cambio / Interpretó el tiempo de su vida en la forma más alta / Su muerte dio respuesta a la contienda / Entre las fuerzas de justicia humana / Y la brutalidad de los que mandan / El Ché rebelde insobornable / Luchando contra lo más difícil / El asma crónica y los gobiernos/ corrompidos / La injusticia en cualquier parte del mundo / Arriesgando la vida en playas extranjeras / Entre agua y hambre, barro y sed / Hasta llegar a La Habana / Su Habana desconocida, su más patria. //
No es que vuelque mi vino / lo derramo de intención / Mi sombra bebe y la vida / es de los dos. //
Poeta componiendo su verso con acciones / Sus estrofas cargadas de sonoridades futuras / Inquieto como un tigre / Escapó a sus tres años de cálculo diferencial / Al calor de la casa y de los hijos / Al honor y decoro de su cargo / A las pensiones vitalicias / Al guardarropa lleno de medallas / Hasta la selva boliviana llevando por bagaje / Su voluntad pulida con delectación de artista. //
            Agachadita y callada / nunca se podrá encontrar / Otra sombra compañera / que sufra igual. //
Estas son las fuerzas que le persiguieron: / Nueve presidentes, cuatro generales, ocho coroneles / Once comandantes, veintidós tenientes / treinta y tres sargentos, cientos de soldados / Y este es el daiquiri que se está bebiendo / En lo más lujoso de Miami Beach el jefe Supremo. //
Esta es la vieja pastoreando chivas / Que se acercó al cañón un día antes. / Escribiste las últimas palabras: / “Y fuimos avanzando entre dos páramos”. //
Estos son los millones que dieron al traidor / Miradlos extendidos en la mesa / Con la efigie de George Washington. / Esta es la sucia cámara del cuartelillo / Donde le llevaron herido / Cautivo en el Yuro / Insensible al dolor sin una queja / Estos son los soldados bolivianos / Este es el Teniente Prado en Vallegrande esperando / Lo quiero vivo dicen los jefes / Con seis heridas de bala / En el paso profundo de siete horas dudando / En siete horas condensado / El sufrimiento inmerecido y aceptado / El blanco cuerpo indefenso en el centro del mundo / Cuantos mensajes telegramas órdenes contradictorias cambiaron / En los relevos del atardecer los asesinos / Hasta llegar a la última bala. //
Vieja: He perdido la última / Ahora ya tienes hijo todas juntas. //
Sombrita cuídame mucho / lo que tenga que dejar / Cuando me moje por dentro / la oscuridad. //
El Ché horizontal sobre la Historia / Hermoso continente de ciudades por venir / Sobre el tablado funeral tendido / Con la carne parada en la cintura / Su cuerpo devorado por las cámaras / Las dos noches profundas de sus ojos / Enormes de tiniebla párpados de plomo / Sólo en la hora crucial de su destino / Repartida su imagen entre las multitudes / Para incendiarse en noches de ametralladoras. // 
No sirven llantos / Los héroes rechazan consoladoras lágrimas / Su memoria debe crecer y prosperar en la memoria / Su voluntad hacer camino en otros / En un morse que no callará nunca / Detenidos están en el aire sus mensajes / Punto raya punto raya punto. //
En nuestra mano está que sus signos no pierdan sentido / Y se evaporen en humo de vanas palabras. //
Hermano Ché Guevara: / Descansa en las fosas comunes donde dispersas tus cenizas yacen / Has dejado tu vida en garantía / Sobre tus hombros fuertes y seguros / El destino de América y del mundo / Vergüenza y deshonor al que no aporte / Su golpe de cal viva su porción de esfuerzo.”
              Cuentan que al punto de producirse su muerte, corría entre las gentes una superstición popular que presagiaba que iba a arrastrar hasta la tumba a todos cuantos intervinieron en su asesinato. Y hay quien la ha dado por cumplida.
            En todo caso, la figura del Che sigue emergiendo, poderosa y rebelde, radiante de esperanza, frente al depredador sistema capitalista en que vivimos.
José María Martínez Laseca
(12 de octubre de 2017)                                      


miércoles, 27 de septiembre de 2017

1926. Excursión a las ruinas de Numancia y Soria (y 2)


En esta segunda y última entrega se concluye el relato de la actividad educativa desarrollada por un grupo de alumnos de la escuela de San Pedro Manrique, conducidos por su maestro D. Dionisio Rivera Tricio, y que consistió en hacer una excursión de carácter cultural, visitando tanto las ruinas de Numancia, en Garray, como el Museo Numantino de la ciudad de Soria. En el artículo publicado en el Núm. 19 de la “Revista Pedagógica”, el Suplemento de “El Magisterio Español”, en  Madrid, a 5 de junio de 1926, se incluyen hasta 4 fotografías. En la primera de ellas los 11 alumnos y su maestro posan en la escalinata de acceso al Museo Numantino, acompañados por su director Blas Taracena Aguirre y creemos que, también, por el Inspector-jefe de Primera Enseñanza Gervasio Manrique. En la segunda, vemos a dicho grupo de niños, con su maestro y el Inspector, retratados a la puerta de la hermosa fachada románica de la iglesia de Santo Domingo. En las otras dos ilustraciones se muestran un conjunto de armas y de recipientes cerámicos encontrados en Numancia.
Advertimos en su lectura como a este texto fechado en 1926 llegan los ecos de las sucesivas  excavaciones acometidas en el cerro de La Muela de Garray. Desde las primeras que realizara el inspector de tributos Juan Bautista de Erro y Azpiroz en 1803 por cuenta de la Sociedad Económica Numantina de Amigos del País, a las segundas que se efectuaron por iniciativa de la Academia de la Historia, con la ayuda económica del Gobierno español, desde los años 1861 al 1867, por la Comisión nombrada al efecto y que constituyeron Antonio Delgado, anticuario de la Academia, Salustiano de Olózaga y Aureliano Fernández Guerra y a la que se unió Eduardo Saavedra, verdadero descubridor de Numancia. Y hasta las del profesor alemán Adolf Schulten, que auxiliado por el arqueólogo Koönen practicó nuevas excavaciones en el solar numantino desde el año 1905, y que dejarían al descubierto una parte de la antigua ciudad celtíbera.
 Como también se anota, dicha presencia extranjera generaría una reacción de protesta en la prensa local. Recuerdo además, para contextualizarla, que el Museo Numantino, construido bajo el mecenazgo de Ramón Benito Aceña, había sido inaugurado por el Rey Alfonso XIII el 18 de septiembre de 1919. Y que el posterior Presidente de la Comisión José Ramón Mélida y Alinari había publicado su “Excursión a Numancia pasando por Soria”, a modo de guía, ya en 1922.
"Excavaciones. Los primeros trabajos de excavación fueron practicados por el Ayuntamiento de Soria, la Diputación y la Sociedad de Amigos del País en 1842.
En el 1853, el sabio arqueólogo don Eduardo de Saavedra hizo exploración en el cerro de La Muela, término de Garray, suspendiéndolas a los pocos días: pero en el 1861, el mismo sabio comprobó de una manera terminante el lugar ocupado por Numancia.
A principios del presente siglo se presentó en Soria el Sr. Schulten, alemán, subvencionado por las Sociedades científicas de su país, y se dice que por el mismo emperador, Guillermo II. Basado en los estudios hechos por el Sr. Saavedra, cuyos mapas poseía, comenzó a practicar excavaciones en el cerro Numantino. Molestos los sorianos de que fuesen los extranjeros los que hiciesen tales estudios, iniciaron en la prensa una campaña consiguiendo que la atención pública despertara y se fijase en este asunto, y que el Gobierno nombrase una Comisión que practicara las excavaciones y estudios consiguientes.
Al frente de esta Comisión se puso el Sr. Mélida, que, con los pocos medios disponibles y trabajando solo algunos meses alternativamente, consiguió, sin embargo, hacer grandes descubrimientos.
El estado compró todos los terrenos que ocupó Numancia, puso un guarda permanente, que vive en las mismas ruinas, y fue recogiendo los objetos sacados y guardados convenientemente para formar el actual Museo.
Hoy se halla al frente de los trabajos y de dicho Museo arqueológico don Blas Taracena.
Aspecto actual de la ruina. No hay en el solar numantino restos de obras colosales su edificación es sencilla, pero bien dirigida; sus calles son rectas y paralelas, orientadas de E. a O. las principales u las transversales de N. a S. La anchura oscila entre  6,50 y 3,50 meros.
Obsérvase en ellas el empedrado o aceras incipientes, alcantarillado o conducción de aguas por su centro. En algunas se ve una fila de piedras grandes de acera a acera, a modo de pasaderas, como si por ellas hubiese de pasar gran cantidad de agua.
Se han encontrado silos, donde se guardaba el trigo y en uno de ellos, muy profundo, se encontró este cereal quemado y en abundancia.
De lo que no hay que tener duda es de que Numancia fue una ciudad bien planeada y muy importante para aquella época.
La casa llamada del Pretor contiene en su recinto unas bellas columnas y unas escaleras de piedra sillar por bien conservadas.
Objetos encontrados. Son muchísimos y de variadas clases y materiales. Uno de los más corrientes y mejor conservados son los molinos de mano. Constan de dos piedras: la solera, en forma de cono y otra cóncava, con un agujero en lo alto, que ajustaba sobre la de abajo y que en la parte más extrema tiene otro orificio, donde debían meter un palo y con él darle vueltas a la piedra superior, moliendo de esta manera tan rudimentaria el trigo, que luego, probablemente sin limpiarlo de la cascarilla, debían amasarlo y cocerlo en la piedra del hogar familiar. Tienen unas dimensiones aproximadas a 0,40 metros de diámetro.
De estos molinos rudimentarios casi hay uno por casa. Otra de las cosas que abunda mucho es la cerámica, toda clase de vasijas, cántaros, platos, trompetas de barro, soperas y fruteros, tinajas y algunos objetos de adorno. Casi toda la cerámica es lisa y sin baño; pero hay también bellísimos ejemplares pintados y algunos con inscripciones grabadas, indescifrables hasta hoy, y que nos indican el conocimiento de la escritura por aquellos habitantes remotos. Las tejas son colosales, en relación a las hoy usadas, así como los adobes y ladrillos.
Hay también objetos religiosos: idolillos de formas raras, de barro cocido, y unas bolitas como de tres centímetros de diámetro, que provienen de las cenizas que resultaban al incinerar los cadáveres, y que, amasadas después y cocidas, se guardaban como recuerdo entre los deudos del finado.
Museo Numantino. Los primeros objetos recogidos en las excavaciones fueron guardados en Garray y trasladados más tarde al palacio de la Diputación de Soria. Al ir aumentando estos, se pensó construir un edificio adecuado para museo; el tiempo pasaba, se discutió el sitio, pues se pensó construirlo en Garray, pero por razones de seguridad y facilidad de visitarlo, se convino fuera en Soria.
D. Ramón Benito Aceña, de su peculio particular, construyó un bonito edificio ya ex profeso para Museo Numantino, que es el que hemos visitado.
Los niños sampedranos acompañados del Sr. Rivera, su maestro, han recorrido las ruinas de Numancia y han recorrido el Museo Numantino, recibiendo gratísimas impresiones, que han trasladado a sus cuadernos y que conservan con gran cariño. –Un excursionista”.
José María Martínez Laseca
(27 de septiembre de 2017)

1926. Excursión a las ruinas de Numancia y Soria (1)


Verificada por los niños de la Escuela Nacional número 2, de San Pedro Manrique (Soria), y dirigida por el prestigioso Maestro D. Dionisio Rivera.

La mayoría de nosotros conocemos, desde niños, que la ciudad celtíbera de Numancia es un claro símbolo de la lucha por la libertad, puesto que la gesta de la resistencia de sus gentes, frente a la todopoderosa Roma, y que la condujo a su exterminio, ha pasado a las páginas de la historia universal. Incluso se ha visto agigantada por la leyenda. También manipulada y arrimada interesadamente, cual sardina, al ascua de unas y otras ideologías. Este año, se cumple, precisamente,  el 2.150 aniversario de aquel señalado episodio. Una efemérides  que se está celebrando en Soria con actividades de lo más variopinto (conferencias, exposiciones, mercados, teatro, presentaciones de libros...). Entre ellas mi propuesta de prender el pebetero junto a la Diputación (Véase en “Diario de Soria” mi columna Sobre vivir: “El territorio del mito”, 2º párrafo, de 5-11-2015) que otros fueron capaces de llevar a efecto. En el mismo sentido de contagioso emprendimiento, doy en traer aquí una interesante experiencia educativa acometida por el maestro de San Pedro Manrique D. Dionisio Rivera Tricio. Se trata de la excursión que realizaron 11 de sus alumnos el día 24 de abril de 1926, para que así conocieran directamente, tanto las ruinas de Numancia como el Museo Numantino, depósito de los hallazgos de las excavaciones arqueológicas practicadas. Me estoy refiriendo con ello a “llevar Numancia a las escuelas y las escuelas a Numancia”, ya que si se la hacemos llegar a los alumnos también les llegará mejor a sus padres.
La experiencia, aquí rescatada y reproducida, está contada por “un excursionista” (que se nos antoja sea el propio maestro) y quedó recogida en el Num. 19 de la “Revista Pedagógica” (págs. 305-309), el Suplemento de “El Magisterio Español”, editado en Madrid, con fecha 5 de  Junio de 1926. Tampoco es de extrañar que su inserción se debiera a la influencia del pedagogo y periodista Ezequiel Solana Ramírez, nacido en Villarijo (Soria), copropietario y director de dicha publicación.
“Preliminares. Mucho tiempo hacia que se deseaba realizar esta excursión. Los niños no cesaban de preguntar: “¿Cuándo vamos a ir a Numancia?”
Tomaron parte en esta excursión 11 niños, todos los correspondientes al grupo o sección primera de la clase, niños de los más adelantados con el fin de que pudieran sacar el mayor rendimiento del viaje y que al mismo tiempo tuvieran la resistencia física necesaria para no rendirse ya que los días iban a ser de gran ajetreo.
Los excursionistas fueron: Ángel La Hoz, José Jiménez, Cayo Izquierdo, Justo Jiménez, Eloy Izquierdo, Rafael Munilla, Francisco Munilla, Teodosio Martínez, Procopio Calvo, Gregorio Palacios y Martín San Miguel.
Los gastos fueron costeados por sus familias, siendo despedidos y recibidos en el pueblo con gran entusiasmo.
El viaje. A las ocho de la mañana del 24 de abril, el auto, alquilado para el caso y que nos había de conducir a la capital, espera en las puertas de la villa. Los 48 kilómetros que nos separaban de Soria fueron recorridos en unas dos horas. En el camino nos detuvimos breves instantes al cruzar la cordillera Ibérica por el puerto de Oncala, a unos 1.500 metros sobre el nivel del mar.
Allí se les explicó las vertientes, y vieron la divisoria de las aguas del Duero y del Ebro, de cuya cuenca veníamos. Desde el puerto se divisan Soria, Numancia u una multitud de pueblos situados en la meseta del Duero; se les fue explicando sus nombres así como el de los ríos, valles y montes que de allí se divisan.
En Soria estábamos sobre las diez. El inspector jefe, Sr. Manrique, previamente avisado, nos esperaba. Buscose alojamiento, y dio comienzo la visita de la capital.
Soria, que ostenta en su escudo el lema “Soria pura, cabeza de Extremadura”, era, en la Edad Media, una población importante; hoy se ven esparcidos con profusión vestigios de su antigua grandeza, derruidos unos y otros en pie, y todos adornados por las leyendas, y sus herrumbrosas piedras ennegrecidas por la pátina de los siglos.
El señor gobernador civil de la provincia, D. Jacobo Monjardín, y el señor Presidente de la Diputación provincial, Sr. Azagra, también recibieron a los excursionistas, saludándolos y felicitándolos. Los niños salieron muy contentos de la visita a dichas autoridades.
Visita a Numancia. El objeto principal del viaje era visitar las ruinas de Numancia y su museo.
¡Numancia! ¡Nombre legendario que resuena en todos los ámbitos del solar hispano, y aun del mundo, como un símbolo de valor nunca superado! Palabra sacrosanta que se pronuncia con veneración y respeto por todos, que os recuerda la tragedia de una raza valiente hasta lo sublime de un pueblo que no queriendo ser esclavo del conquistador prefiere convertirse en cenizas y vivir la vida gloriosa de la historia.
 Mil poetas han cantado tus proezas. Descubrámonos al pronunciar tan sagrado nombre, como lo hicimos nosotros al pisar sus ruinas.
Emplazamiento. A ocho kilómetros de Soria, río Duero arriba, en el cerro denominado de La Muela, se hallan emplazadas las ruinas de la inmortal ciudad. El cerro tendrá unos 75 metros de elevación sobe el Duero, y unos 1.100 metros sobre el nivel del mar. En el llano se encuentra el coquetón pueblo de Garray, a cuyo término municipal pertenecen los terrenos que ocupó Numancia.
Arriba, el terreno es llano; desde esta planicie se vislumbra un soberbio paisaje. El Horizonte se ve cerrado al Norte y Este por la cordillera Ibérica, destacándose sus ingentes y nevados picos de Urbión, Cebollera y Moncayo. El caudaloso Duero lame el pie de la colina numantina, recibiendo allí mismo el caudal del Tera.
Por el llano a un kilómetro escaso, cruza la carretera de primer orden que va a Logroño, y la de Calahorra, cruzando ambas carreteras el Duero por un magnífico puente de piedra. La visita, pues, a estas ruinas venerables es muy fácil por sus buenas comunicaciones.
 Historia y descubrimiento. Sabido es de todos que Numancia en guerra con los romanos, los venció una multitud de veces, hasta hacerles firmar una paz ventajosa para ella; paz que el senado romano rechazó como ignominiosa para su orgullo, castigando a Mancino, firmante de la paz, a ser entregado atado y desnudo a los numantinos.
  Ante sus débiles muros, los bravos pelendones fueron derrotando, uno tras otro, a los generales del imperio: Pompeyo Rufo, Popilio Lenas,  Hostilio Mancino, Tiberio Graco, el cónsul Emilio Lépido, Furio Pilsón y Calpurnio Pilsón.
Viendo, por fin, los romanos que no podían dominar a esta ciudad ibérica decidieron enviar al destructor de Cartago, Publio Cornelio Escipión.
Corría el año 621 de Roma y 131 antes de Jesucristo, cuando el gran Escipión al frente de 60.000 soldados, puso sitio a la ciudad. No quiso entablar lucha frente a frente, y se limitó a rendir por hambre a los sitiados, y poder ser enviados como trofeos al Coliseo romano, deciden darse la muerte, quemar la ciudad y perecer todos entre sus escombros.
Pasaron los años y los siglos; el nombre de Numancia se perpetuaba; pero hubo dudas sobre el lugar donde estaba situada la ciudad gloriosa”. 
José María Martínez Laseca 
(27 de septiembre de 2017)

sábado, 2 de septiembre de 2017

A Fermín Cacho, vencedor en el estadio

Recordando los 25 años pasados desde la celebración de aquellas olimpiadas de Barceloona-92,  en las que el soriano Fermín Cacho logró para España la medalla de oro en la prueba de los 1.500 m.

Ocho de agosto, Barcelona, España.
Estadio de Montjuich: las olimliadas.
Fermín Cacho, el numantino atleta,
concentra en su tesón las esperanzas
de triunfar en esta mítica prueba,
siempre tan celebrada.

Un kilómetro y medio es la distancia
que conduce al Olimpo o la nada.
Nadie mejor que tú y Pascual Oliva
sabéis de sacrificios y silencios
para alcanzar esta final ansiada.

¿Quién dirá luego ser  corta la vida
a la intensidad que late una carrera?
Rugen las gradas de inquietante espera,
hasta que el juez ordena la salida.

Tras el disparo, irrumpirán al trote
una docena de atletas por la pista.
Oyes clamar ¡Fermín! a voz en grito
fijada en tí su emocionada vista.

El Keniata Chesire va delante,
Spivey, americano, a tu derecha.
Morcelli, el argelino, ya te acecha.
Nadie quiere tirar y la impaciencia
crece a la inversa de tu gran prudencia.

Ya van dadas dos vueltas y avanza la postrera,
con un tic-tac de piernas en progresión certera.
Que no aguanta más Fermín. Su sangre le revienta
y  trepa por la curva, desafiando a quienquiera.

Fermín, pundonoroso.
El hijo del Moncayo, el recto estadio,
corriendo presuroso
con voladora planta
detrás dejó los concurrentes todos.

Celebra, Fermín Cacho, la victoria
lograda en la olimpiada;
mientras que Soria entera se extasiaba
participando de tu gloria.

Detén tu paso, campeón, y escucha.
Muchos habrán grabado tu proeza
en crónicas de prosas elogiosas.

Aún yo te cantaré con más dulzura,
como lo hicieran los poetas griegos.
Para que el triunfador fuera, sin duda,
por los labios de todos renombrado.

                                   En Soria, a 8 de agosto de 1992
José María Martínez Laseca 

viernes, 25 de agosto de 2017

Noticia de los hermanos Benito y Amparo Gaya Nuño (y 2)

Benito, el primogénito había nacido en Tardelcuende el día 9 de febrero de 1908. En otra fotografía, esta de 1916, en la que está con sus padres y su hermano pequeño, se le advierte muy despierto y hasta un poco travieso. Era un buen estudiante. Cursó la secundaria oficial en el Instituto de Soria y tras superar, con varias matrículas de honor, el bachillerato en el curso 1922-23, formaliza el traslado de su matrícula a la Universidad de Zaragoza, donde iniciará la carrera de Ciencias Exactas. Se le tenía por una mente prodigiosa. No obstante, la cruel circunstancia le sobrevino a causa de la poliomielitis infantil que lo dejó con debilidad muscular y paralítico a partir de 1924. Ello le obligó a retornar al seno de la casa familiar y a emprender un nuevo rumbo. A partir de aquello estudió, por libre, la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid, desde 1926 a 1930. Y a pesar de los pesares, de la enfermedad y sus graves secuelas, él mantenía un carácter abierto y  un fino sentido del humor.
Tras la desaparición del padre, que se vio, paradójicamente después de muerto, incurso en responsabilidades políticas, a la familia le fueron embargados todos sus bienes, e impuesta una multa de 7.000 pts. Benito se había quedado como el único hombre de la casa, puesto que Juan Antonio no regresó de Madrid, ya que se había enrolado en el Batallón Numancia que luchó en el frente de Guadalajara. En consecuencia, Benito se vio obligado durante el transcurso de la guerra civil y los primeros años de posguerra a impartir clases particulares para así aportar algunos ingresos a la maltrecha situación economía familiar. En 1943, aprobó las oposiciones a Cátedras de Instituto por la asignatura de Griego y fue destinado a Bilbao, ciudad en la que su hermano Juan Antonio había estado desterrado varios meses, al salir de la cárcel en febrero de ese mismo año. Afortunadamente,  para el curso siguiente Benito ya se vino trasladado con destino definitivo al Instituto de Soria, donde permaneció estable. Quienes lo conocieron destacan en él dos grandes cualidades: organización y disciplina en el trabajo.
Gracias a ello, en 1948, leía su tesis doctoral “Escritura y lengua cretense”, que obtuvo Premio Extraordinario en la Universidad de Madrid y a la que, tras ser publicada con el rótulo de “Minoiká” le fue concedido, además, el premio “Luis Vives” de 1949 del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Sus posteriores trabajos de investigación aparecerían publicados  en revistas especializadas como “Emérita”, “Humánitas”, “Minos” y “Archivo Español de Arqueología”. En tanto que miembro fundador del Centro de Estudios Sorianos (CES), desde el primer momento colaboró con aportaciones de temática local (sobre toponimia, arqueología, viajeros por Soria, etc.) en la revista “Celtiberia”. Asumió, asimismo, las funciones de vicepresidente del CES hasta que murió, el 26 de febrero de 1953. Contaba tan solo 45 años de edad.
En su nota necrológica Antonio Tovar destacó de Benito Gaya Nuño tanto que era “el mejor especialista en temas cretenses”, como “su voluntad indomable de trabajo”. 
María del Amparo Lucía Gaya Nuño también nació en Tardelcende, el 25 de junio de 1919, por lo que permaneció poco tiempo en el pueblo dada su inmediata mudanza a Soria. Era la pequeña, la niña mimada de la casa. Más tímida e introvertida parecía. Estuvo siempre muy unida a su madre Gregoria, viuda de Gaya Tovar, y a su tía Vicenta. Cursó sus estudios de secundaria en el Instituto y se licenció en Ciencias Naturales por la Universidad de Zaragoza. Tras sacar las oposiciones a Cátedras de Instituto, obtuvo su primer destino en Lorca (Murcia), como recordaba bien su destacado alumno Alfonso E. Pérez Sánchez, que llegaría a ser director del Museo del Prado.
Algún tiempo después, Amparo se trasladó definitivamente al Instituto de Segunda Enseñanza de Soria, donde ejerció la docencia como educadora de sucesivas generaciones de estudiantes. Yo la tuve como profesora de Biología en COU, durante el curso 1972-73. Y en el curso 1985-86 coincidimos como compañeros del claustro de profesores de dicho centro. Ella fue mi confidente principal en mis averiguaciones sobre la vida y la obra de su hermano Juan Antonio. Ejerció de secretaria y asumió la dirección del Instituto, a finales de los años setenta e inicios de los ochenta, ya en los momentos previos a su jubilación. Y, también, formó parte de la Junta Directiva del Centro de Estudios Sorianos.
Amparo vivió personalmente los momentos más duros y trágicos por los que atravesó su familia, dada su perenne soltería. Ella estuvo presente en la despedida de todos sus miembros, que fueron abandonándola uno tras otro (su padre primero, luego el hermano primogénito Benito, la tía Vicenta, el hermano mediano Juan Antonio, su madre Gregoria, e inclusive su cuñada Concha de Marco) hasta convertirse en la única inquilina de la casa de Marqués de Vadillo, nº 8, primera planta. Con su muerte, el 27 de diciembre de 1991 desaparecía el último vástago de los Gaya Nuño.  
Llegados a este punto final, y si de extraer un destacado común denominador de identidad de los dos hermanos se tratara, yo me quedaría, sin dudarlo, con el hoy Instituto “Antonio Machado” de Soria, al que ambos dedicaron la parte más importante de sus vidas.

Obviamente, ni el humanista y lingüista Benito, ni la profesora Amparo alcanzaron el prestigio y la fama de su hermano Juan Antonio, escritor, historiador y crítico de Arte. Pero ello no implica dejar de reconocer que, también, estos dos tardelcondenses o pizorreros brillaron con luz propia. Con sus innegables méritos traspasaron las bardas del corral de nuestra provincia. Y por eso se merecen que recordemos sus nombres: Benito y Amparo Gaya Nuño. Tal  y como lo estamos haciendo aquí y ahora con nuestro escrito. (En Tardelcuende, a 19 de agosto de 2017).

José María Martínez Laseca

Noticia de los hermanos Benito y Amparo Gaya Nuño (1)

Cual si los estuviera viendo ahora mismo. Están todos ellos juntos. Ahí, quietos. La familia al completo. Como en un puño. Dispuestos de manera ordenada en el extremo derecho  de la larga mesa rectangular de madera maciza, con su mantel de tela incluido, dispuesta en el salón-comedor de la vivienda ubicada en la Calle Marqués de Vadillo, nº 8, piso primero, y cuyo balcón se abría, regalado de luz, casi al centro mismo de la plaza Mariano Granados, sitio vital de la ciudad de Soria, por donde pasean los transeúntes que se encaminan hacia el verdor del parque de la Dehesa de San Andrés o Alameda de Cervantes, que es un jardín botánico. Los veo bien organizados y dispuestos. Mirando a la cámara que va a congelarlos en una instantánea al disparar su flash. Tan solo se echa en falta, si acaso, a la Bienvenida, la sirvienta.
            Tras el proceso de revelado fotográfico, emergen, sentados varios de ellos, de izquierda a derecha: el padre, Juan Antonio Gaya Tovar, médico de profesión por tradición familiar y político de pasión –dadas sus firmes ideas republicanas–, con inquietudes intelectuales, que está un tanto distraído ojeando el periódico –tal vez “La Voz de Soria”– que sujeta entre sus manos, y Benito,  y Juan Antonio (este en segunda fila) y Amparo, mocetones, a continuación. De pie, la madre Gregoria Nuño Ortega, a la espalda de su marido, y, algo más allá, la hermana de esta, Vicenta, que fue bien acogida en el hogar, tras el fallecimiento de su hermano cura, Casto Nuño, capellán del Hospital Provincial, que había muerto el 9 de diciembre de 1932. Se sitúa detrás de su sobrina, la benjamina de la casa. Los tres varones, elegantes, lucen chaqueta  oscura y camisa blanca con corbata bien anudada. Y de las tres hembras, las dos mayores visten de negro luto –pues ambas son católicas y aun beata la tía–, lo que contrasta con el más claro atavío de Amparito.
La familia ocupa una buena posición social, no en balde el padre procedía de antepasados pertenecientes a la burguesía liberal soriana. Se muestran sonrientes y felices, o al menos lo aparentan en su pose. Esta fotografía fue tomada concretamente en 1935. Se cumplían, por tanto,  15 años ya de su traslado a la capital desde Tardelcuende, donde  les habían nacido los tres hijos, tras el matrimonio canónico,  efectuado el 29 de enero de 1907 en la iglesia parroquial de la Purísima Concepción, entre el médico del lugar y la hija más guapa del secretario de su Ayuntamiento. Fue obligado partir, puesto que el padre ejercía también el cometido de profesor de Gimnasia del único Instituto de Enseñanza Secundaria en la provincia.
Atrás había quedado el tremendo susto ocasionado por el estallido de la dinamita almacenada en el establecimiento de Claudio Alcalde, sito en la Plaza de Ramón Benito Aceña o de Herradores, acontecido el martes 25 de julio de 1922, festividad de Santiago. Toda una catástrofe, pues hubo tres muertos, numerosos heridos y hasta nueve casas incendiadas. Entre otras, el anterior domicilio familiar, en el número 15, la casa que antes habitaron, en su paso por Soria, los hermanos Bécquer y donde, por ser la residencia de su abuela Concepción Soria, nació la poeta Concha de Marco, la después compañera inseparable de Juan Antonio. Como consecuencia de ello se quedaron a la intemperie y tuvieron que alquilar su nuevo alojamiento provisional en una pequeña casa, con dos miradores, en el nº 2, 1º derecha de la plaza del Vergel. La familia atravesará entonces serias dificultades económicas.
Pero, lo peor no había sucedido. Estaba todavía por venir. Y llegó con la sublevación militar de los facciosos el 18 de julio de 1936 contra el gobierno legítimo de la II República Española. Ello  desencadenó la violencia brutal de la guerra incivil, por  fratricida y sangrienta. Con numerosas víctimas y afectados, tanto durante su desarrollo, entre 1936-1939, como en el tiempo de posguerra, dada la represión implacable practicada por parte de los vencedores contra los vencidos.
Tras el alzamiento, la alineación del lado del bando rebelde por parte de la provincia de Soria se produjo de inmediato. En su suelo no hubo ningún frente de guerra. Los requetés de la columna Mola entraron en la capital el 21 de julio, sin encontrar la menor resistencia. Y el doctor Juan Antonio Gaya Tovar se encontraría entre los primeros en ser encarcelados. Pese a su reconocido carácter bondadoso. Pero era un destacado dirigente del Partido Republicano Radical Socialista Soriano, que, tras su escisión y disolución, se vería  encuadrado en la Izquierda Republicana del presidente Manuel Azaña. No hubo contemplaciones. Sin juicio previo, fue fusilado por un pelotón de camisas azueles junto a las tapias del cementerio del Espino en la madrugada del 17 de agosto de 1936. Eso, pese a llevar en el bolsillo una resolución de la autoridad judicial militar de Zaragoza, con fecha de 2 de agosto, en la que se le declaraba inocente de todo delito. Aconteció el mismo amanecer en que cayó vilmente asesinado el poeta Federico García Lorca en Granada, en su Granada. Por  esos días Juan Antonio se encontraba realizando unos cursillos de formación del profesorado en Madrid.
Empero, se me había pedido que hablara de los hermanos Benito y Amparo Gaya Nuño, puesto que de Juan Antonio, el mediano, ya he dado sobrada referencia aquí en otras ocasiones. Así que –aunque el filósofo Ortega dijera lo de “yo soy yo y mis circunstancias”– no continuaré yéndome por esas ramas familiares y entraré, de inmediato, en harina sobre la cuestión que nos ocupa. No para hacer ninguna biografía al uso, sino para esbozar una semblanza de estas dos personas con unas cuantas pinceladas de rápido trazo.

José María Martínez Laseca

jueves, 17 de agosto de 2017

Concha de Marco: Cantos del caompañero muerto (y 3)

Con esta tercera entrega, concluye la publicación del hermoso poemario: “Cantos del compañero muerto”. Un duelo desgarrador, impregnado de delicada ternura al mismo tiempo. Fue creado por la poeta soriana Concha de Marco para asumir la desagregación de su esposo Juan Antonio Gaya Nuño. Y damos en ilustrarlo con el significativo cuadro: “Retrato de Juan Antonio Gaya Nuño y Concha de Marco”, de Hipólito Hidalgo de Caviedes y Gómez en el que ambos aparecen juntos ya para siempre, pese a que esta muerte  pretendiera separarlos. Precisamente, el pintor acabó su obra en 1976, unos días antes del óbito de Juan Antonio Gaya Nuño.

………………..

            “Cuando yo entre en la casa y la encuentre vacía, cuan­do vea la huella que dejaron tus manos, cuando vuelva a encon­trar tus papales en orden, y esas letras pequeñas, esos números en una cartulina, el último paquete de tabaco con cuatro ciga­rrillos, cuando intente escribir en tu máquina vieja que solo obedecía a tus manos de niño, cuando callen los pájaros porque tú te marchaste y yo nunca más vuelva a planchar tus camisas, doblar tu ropa limpia, y el lecho nuestro sea un enorme desierto para mi solo cuerpo en las noches de invierno, cuando golpee la lluvia cayendo sobre el techo, cuando ya nunca vuelva a comer con manteles en la mesa redonda donde tú y yo lo hacíamos, y sea en la cocina con un plato cualquiera ante los azulejos ama­rillos, cuando vea el fantasma de tu cuerpo perdido alejarse en silencio por una calle última y no beses la mano que en sueños te acaricia.

            Arena, arena y agua, cera de abeja, ceño de guía de la flecha, cerbatana, bajo las lenguas del curare se abre la flor secreta de las lágrimas, Y al recuerdo me vienen en retirada mísera y oblicua cualquiera de tus viajes a la pálida franja del amanecer que iluminaba la alcoba, reluce la camisa blanca sobre tu espalda mientras frente al espejo anudas la corbata, finas arrugas forman tus movimientos en la tela sobre los mús­culos  perfectos de tus hombros, la ropa de la cama revuelta y aún tibia con el calor de un sueño, calzas los zapatos, vistes la chaqueta, abres la nevera para tomarte un vaso de leche. Te inclinas a mí, me besas, ríes por la fuerza de mi abrazo, mi boca recorre tus mejillas frescas del afeitado. Ya habías cerrado la puerta, cómo podría vivir beata tu regreso, comenzaba a arras­trarse el tiempo lento, informe, de tu ausencia, persiguiendo la huella que dejaron tus ademanes en el espacio. Y ahora, en este viaje sin regreso, cómo podré vivir.

            Señor, por qué nos has abandonado con sus múltiples nombres de pájaro cautivo. Apago mis lágrimas a golpes y parto en dos mi rencor contra el rufián vestido de oro, como una le­vadura para el día de mañana. Guardo el segundo con su despre­ciativo y atributo máximo, en mi huelga de hambre y circunstan­cia, triturando orgullosa los acerados vidrios de trece mil doscientos días de castigo.

            Anoche soñé contigo y tenía una isla en la mano, era tu cuerpo hermoso como una fortaleza, terciopelo color de oscura miel, musgo tus caricias en torno de mis ojos, y yo quise aferrarme a tu playa desnuda caminando a la aurora por su orilla y solo era la huella de tus dedos armoniosa y fugaz sobre mi cara.

            Una espada blandida sobre el mapa de Europa, la fundi­ción del bronce en las lenguas del cándalo. ¿Me vienes a buscar para la guerra? Está mi yelmo roto y mi lanza oxidada. Luego, que me entierren vestida y con todas mis armas, walkyria de esperanzas apagadas, ruina aislada no soy en el anónimo de un orde­nado mundo, la pequeña porción de un inmenso desastre, de un error increíble.

            Señor testigo, deje vuestra merced recordarle de nuevo las condiciones previas del entorno, pasto de los sentidos en su laboratorio. Se puede perseguir el pulso de las venas bajo la piel delgada y transpirable, las múltiples fragancias del jazmín y la rosa, en corredor de sombra el paso de las ratas, tan viciosas del hambre primitiva, la desorientación que no recuerda el nombre del toque de silencio donde el habla no existe, la muda lengua quieta y prisionera en el anfiteatro de los dientes, las uñas con tozudez de arranque, qué diligencia de armamento inútil.

            Crece, crece la hierba entre silencios cautos, las calles se convierten en desiertos furiosos, y aquí mi compañero en su exacto reflejo, indescifrable mundo que se escapa y a quien sería un lujo tratar de convencer. Hubo tiempo sobrado para deli­mitar con tu él la soledad.

            Españolito que viniste a mis brazos, yo te guardaré, mi amante corazón será tu españa, mi humilde mano siempre fue tu patria. Acunado en mi pecho como un niño perdido al pie de tanto esfuerzo. Españolito del alma, yo te cerraré los ojos, yo te cruzaré las manos sobre el pecho, yo velaré tu cadáver hasta el fuego.

            Señores del jurado: Con toda la energía acumulada en una voluntad, a nadie le propongo que reciba la visión inclemente de mis ojos, morirá más tranquilo si sigue siendo ciego. Lego mi corazón a quien lo quiera, estrujará su tiempo, se beberá otra sangre, más le vale sufrir que morir tanto por sostener la cláusula secreta del destino, el fragmento de Dios que aquí me está muriendo, esta defoliación de biologías desde el origen hasta el momento en que mi mano desarmada escribe ante las gentes que penetran y huyen latiéndome vivencias, hechos sobrecogidos en su última célula, que quieren respirarme nuevamente, angustiarme las vísceras, renacerme y morir al hierro y a la hoguera.

            Amor mío del sedante que no produce efecto, amor mío de la noche en vela, amor mío que acaricia mis rodillas, amor mío quieres que te lea algo, amor mío solo quiero que estés aquí, amor mío pongo algo de música, amor mío solo soy un costal de dolor, amor mío de la cama deshecha y rehecha mil veces, amor mío voy a levantarme, amor mío solo son las cinco, amor mío qué pronto amanece, amor mío estoy muy cansado, amor mío de la triste sonrisa, amor mío de la vacilante mano, amor mío del último beso, amor mío reducido a su propio esqueleto, amor mío cuánto ha crecido en tres días, amor mío hasta que la muerte nos separe.

            Y solo para eso apartó sus entrañas, hizo un hueco que había de ser ajeno en la profunda intimidad del vientre, fue fabricado el rayo de su certera mirada, dispuesta a contemplar ciudades caudalosas, rembrandts de oro, altísimos vermeers, bosques de pinos arrogantes, crepúsculos cautivos tras de una noble ruina, risas y voluptuosidades en tumulto y el ritmo de la his­toria adherido a sus pulsos.

            Y en medio de la noche me pregunto si podré resistir este calvario, este irse consumiendo. Acostada en el suelo me incorporo para escuchar los golpes de su angustiado corazón. Aunque yo esté a su lado, ha de enfrentarse solo con su propia agonía.

            Y fundirás mis manos con tu última sangre, ambos oscuros signos de los tan incontables personajes trágicos, las sábanas manchadas de la alcoba mortal, ante las cosas mudas, consternadas, soportando el final, solo fulgor y llama que se extinguen, los labios sin palabras, la mano que persigue visiones fluctuantes, atónitas, o frecuenta la forma de mis labios, que se le escapan como un árbol liquido.

            Aquí está él, mi soberbio alazán que se partió los remos y hubo que rematarlo con un tiro, triunfador, gigantesco, inalcanzable, durante treinta y siete años aplazada su muerte de campo de exterminio, la desintegración exacta en celda de castigo, después de haber cargado sobre sí fuerzas extrañas, circunscripciones interiores, culpas equinocciales de toda dinastía, históricos combates, armadas invencibles y reinas destronadas. Avanza y se detiene en la memoria el tiro por la espalda o la descarga del amanecer, y en su puesto encontraron los guardianes mil pájaros de oro, mil palomas que salieron volando a la infinita libertad del alma, al último contacto con el mundo, la cárcel rota v la prisión burlada”.

José María Martínez Laseca