domingo, 2 de junio de 2019

Eternamente Castilla


Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada
recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?
Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.
A. MACHADO: “A orillas del Duero”
No cabe duda de que Campos de Castilla del gran poeta español Antonio Machado (Sevilla, 1875-Collioure (Francia), 1939), –que muchos consideran su obra cumbre–, constituye un poemario de referencia, no ya solo en el ámbito hispano, sino de la lírica universal contemporánea. Es su libro más conocido y contiene algunos de los versos más contados y cantados.
            Se publicó, en su primera versión, por Gregorio Martínez Sierra en la editorial Renacimiento, durante la primavera de 1912. A modo de compilación, acuciada por el inminente viaje de estudios de Machado a París, en 1911, en compañía de su esposa Leonor. Agavillaba poemas inéditos junto con otros divulgados en revistas. Y traía causa directa de su experiencia vivida en Soria, a cuyo Instituto General y Técnico llegó, como primer destino, en 1907, para tomar posesión de la Cátedra de Francés y ejercer la docencia. Nos lo recordaría así: “Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba–, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano”.
            Antes de llegar a Soria, Antonio Machado ya era considerado un poeta clásico en los cenáculos literarios de Madrid. Había publicado el primer volumen de Soledades (1903), subjetivo e intimista, que amplió a un segundo: Soledades. Galerías. Otros Poemas (1907). Alejándose de la música y la pintura modernista, buscaba esa “honda palpitación del espíritu”.
Pero,  el choque con la cruda realidad le resultó brutal. Habitual de la buena vida, ociosa y bohemia, dado el estado de ruina familiar, a sus 31 años tuvo que emanciparse y buscarse las alubias por su cuenta. El encarar la situación con entereza le hizo recuperar su autoestima, cual proclama en su “Retrato”: “A mi trabajo acudo, con mi dinero pago / el traje que me cubre y la mansión que habito, / el pan que me alimenta y el lecho donde yago”.
            Su llegada a Soria, que le reveló el paisaje de esta “hermosa tierra de España”, supuso para Machado el abandono de su solipsismo anterior, y le estimuló la conciencia inmediata del doble impacto del pasado: belleza y decadencia; y le fortaleció su patriotismo, al hacerle sentir directamente los males de la patria denunciados por los regeneracionistas. Entonces “ya era otra mi ideología”, nos confesará. Su renuncia a una lírica más pura respondía, por tanto, a su plena convicción de que se debía escribir para una colectividad.
            Campos de Castilla es un libro heterogéneo en sus temáticas. Con meditaciones “sobre lo eterno humano” y sobre “los enigmas del hombre y el mundo”. “A una preocupación patriótica responden muchas de ellas; otras, al simple amor a la Naturaleza, que en mí supera infinitamente al del Arte”, nos dirá. Dominan, sobre todo, aquellos poemas en los que el poeta dialoga con la geografía castellana desde Soria. Fue Castilla la que hizo a España y una parte esencial de Castilla es su paisaje, que otorga un sentido vertebrador al libro.
No obstante,  en el proceso de sugestión de ese paisaje se advierten tres etapas. La primera agrupa poemas de 1909, como “Fantasía iconográfica”, “Amanecer de otoño” o “Pascua de resurrección”. Son estampas sorianas, que han atraído la inspiración del poeta recién llegado a provincias. En la segunda, de 1910,  quedarían los poemas más genuinamente “noventayochistas” y de mayor hostilidad, referidos tanto al paisaje como al paisanaje sorianos. Entre ellos “A orillas del Duero” (inicialmente titulado “Campos de Castilla”), “Por tierras de España” o “La tierra de Alvargonzález”, severa crítica del campo castellano. Y la tercera etapa, hacia 1911, incluye el retablo paisajístico de “Campos de Soria”, de identificación cordial del poeta por el influjo benéfico de Leonor: “¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria”.
            ¿De qué modo hay que mirar para llegar a ver lo que canta Machado en Campos de Castilla? En 1835, Mariano José Larra había cruzado por media España y no vio más que un “desierto arenal”, una “inmensa extensión” de “desnudo horizonte”, tres días rodando “por el vacío”. Setenta y dos años después, más o menos por esos mismos lugares por donde Larra no vio nada, Antonio Machado observa “carros, jinetes y arrieros”, “rudos caminantes”, “pastores que conducen sus hordas de merinos”, “decrépitas ciudades”, “dispersos caseríos” o “el mesón al campo abierto” y “el hogar donde la leña humea” y “roídos encinares”, “cerros cenicientos”, “montes de violeta”, “colinas plateadas”, “grises alcores”, “cárdenas roquedas”…
            Ahí radica una de las claves de este libro de Antonio Machado: en que nos enseñó a ver a través de sus ojos esa hermosura que la costumbre y la rutina hacían que fuéramos incapaces de percibir por tenerla tan cerca de nosotros.
            Cierto es que Campos de Castilla de 1912 se fue ampliando después con nuevos poemas hasta su edición definitiva de 1917. Incorporando el “corpus poético” de su dolorido sentir por la muerte de su amada Leonor que inicia “A un olmo seco” y se culmina con “Otro viaje”. Así mismo, son de resaltar los creados en Baeza sobre los campos de Andalucía, en claro paralelismo con sus años sorianos. A fin de cuentas, todo un ensanchamiento de Soria a Castilla  y a España e, inclusive, al vivir humano.
             El lector que se adentra hoy en Campos de Castilla percibirá esa honda sensibilidad del poeta, a la vez que su obsesión por el irremediable paso del tiempo. Al poner a Castilla como metáfora de España, se verá inmerso en esa reflexión constante sobre aquel pasado histórico y glorioso, este presente problemático y el incierto futuro. El dilema entre un he sido, un soy y un seré. Sin embargo, Antonio Machado siempre apostó por la esperanza y por eso anhelaba salvar algo de la destrucción corrosiva del tiempo, confiriéndole al menos la permanencia asegurada por la poesía.
            A él le debemos que nos haya hecho creer en la belleza que canta. Que con su aliento poético insuflara un alma inmortal a esta tierra ascética. Eternamente Castilla. 
José María Martíenz Laseca
[En el 80 aniversario de la merte de A. Machado (1939-2019)]

jueves, 28 de febrero de 2019

Visitar la tumba sagrada del poeta Antonio Machado en Collioure

El pasado 22-F se cumplió el 80 aniversario de la muerte del gran poeta español de proyección universal Antonio Machado Ruiz. A sus 63 años de edad. La tragedia aconteció en el pueblecito de pescadores de Collioure, en pleno Rosellón de Francia, a orillas del Mediterráneo. Era miércoles de ceniza. Su agonía corrió pareja al derrumbamiento de la II República española, a la que siempre le fue fiel. El también andaluz y poeta Rafael Alberti nos lo recordó, en 1969, desde su destierro en Roma, con estas hermosas palabras: “Una radio de Francia da escuetamente la noticia. Lloré. Lloramos. Seguramente, las tierras áridas de Soria, el alto Espino, los montes de violeta, las alamedas del río se estremecieron al presentir que aquella era la muerte del mejor álamo español caído lejos del Duero”.
      Aquí, en Soria, “El Avisador Numantino”, de 25 de febrero de1939, recogía la información de manera telegráfica: “Las emisoras de radio nacional dieron ayer la noticia de que había fallecido en el extranjero el poeta y literato Antonio Machado”. Con idéntica fecha, el “Diario de Zamora de FE de las JONS” anotaba: “París.- Ha fallecido en esta capital el poeta Antonio Machado, el cual había regresado de Barcelona dos días antes de ser esta capital ocupada por las tropas nacionales”. Como se ve, tampoco faltaron por entonces los rumores y los bulos.
      Había nacido Antonio Machado en el célebre Palacio de las Dueñas de Sevilla, el 26 de julio de 1875. En el seno de una familia ilustrada, de tradición republicana, que, tras sucesivas desgracias, cayó en la bancarrota. Desde sus 8 años, en que todos se trasladaron a Madrid, Antonio se fue forjando como librepensador en los valores de la Institución Libre de Enseñanza. Su vida transcurre en el tiempo de una España convulsa, que arranca en 1875 con la Restauración monárquica y se prolongará (tras la I Guerra Mundial del 14 y de la Revolución Rusa de 1917) hasta la II República Española, que llegó con la primavera de 1931 y que sucumbió en 1939 al finalizar la Guerra Civil con el triunfo de los facciosos. 
      Por eso, el poeta conseguidor de la alquimia verbal de las más íntimas “Soledades”, el que personificó el paisaje yermo de los “Campos de Castilla”, el de la exquisitez reflexiva vertida de modo fragmentario en “Juan de Mairena. Sentencias, donaires , apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo”, hubo de partir engrosando la tan penosa como multitudinaria retirada republicana y cruzar al otro lado de la frontera, bajo la lluvia y la negra noche, para encontrarse al poco con la muerte en el humilde hotelito Bougnol-Quintana de Collioure. Justo un mes después de abandonar Barcelona. Tan “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”. 
      Muy bien nos lo contó su hermano José que le acompañaba (con su anciana madre Ana Ruiz y su esposa Matea) en su libro “Últimas soledades del poeta Antonio Machado”. Lo que, después, otros investigadores nos han ido narrado con la minuciosidad de una crónica negra. La derrota de nuestra democracia. Incidiendo en el verso alejandrino encontrado en un bolsillo de su gabán: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Cual mito del eterno retorno. Yo entre ellos. Así como de su primera tumba prestada y de la que ocupa ahora, desde 1958, compartida con su madre. 
      Pese a todo, la muerte en el exilio de un poeta tan grande resuena hoy todavía como el mar en la oquedad de una caracola. Con un enorme valor sentimental, ejemplar y simbólico. Él nos enseñó el compromiso cívico y el sacrificio para lograr un mundo mejor para todos. Él reflexionó sobre los males de nuestra patria y apostó por la educación y la cultura, por la tolerancia y por el diálogo para mejor resolverlos. Y predicó con coherencia entre su ética y su estética. Entre lo que decía y lo que hacía. De ahí que se le tenga por un santo laico. Y que su tumba, pagada por aportación popular, en la misma entrada del cementerio de Collioure, se haya convertido en centro de peregrinación para tanta gente llegada desde todos los sitios. Alguien sentenció que ningún español de bien debería morir sin visitarla al menos una vez en su vida. 
      Esta era mi asignatura pendiente. Una vez desde el Ayuntamiento de Soria, acaso en 2005, me ofrecieron llevarme con ellos, como pago por ejercer de mantenedor literario en un encuentro entre los Ayuntamientos hermanados de Soria y Collioure. Pero, una inesperada nevada dejó al alcalde francés, Michel Moly, en Zaragoza, impidiéndole el paso. Y a mí compuesto y sin viaje. 
      He tenido, pues, que esperar a que se cumpliera esta fecha redonda del 80 aniversario para sumarme a la expedición promovida por el Ayuntamiento de Soria y así cumplir, por fin, mi deseo. Fueron los días 23 y 24 de febrero. Antes de que amaneciera el sábado montamos en un microbús. El Acalde y el Concejal de Cultura viajaron en sus coches particulares. Hicimos un largo camino por carretera hasta llegar a tierras francesas. Mi primera alegría fue reencontrarme con Monique Alonso. Charlamos largo en el bus. Primero visitamos el Castillo de Bardou. Fue convertido en maternidad para los niños víctimas de la guerra civil española entre los años 1939 y 1944 por la institutriz y enfermera Elisaeth Eidenbenz. Con el sol declinando llegamos a Collioure, con su caserío encajado entre suaves montañas. Nos alojamos en pleno centro y curiosos nos apresuramos a ver el mar en su bahía. Después exploramos sus calles y sus monumentos iluminados. 
      Al día siguiente, domingo 24, madrugué para ir al cementerio antes de que comenzara el revuelo. Pero estaba cerrado. Di unas cuantas vueltas. Saqué fotos. Tras el desayuno volví a intentarlo. Fue inútil. La anunciada visita del Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, había intensificado las medidas de seguridad. Además, un pequeño grupo de independentistas catalanes bloqueaba la calle del acceso principal. A las 10 h. acudimos al Centro Cultural. Vimos el impactante documental de Georges Figuéres: “La retirada de 1939”. Y escuchamos atentos a los tres conferenciantes. A Antonina Rodrigo, con “Doce mujeres francesas y españolas que han conservado viva la memoria de Antonio Machado”. A Jacques Issorel, con “Doce hombres “buenos”, “y, soy en el buen sentido de la palabra, bueno”. Y a Verónica Sierra Blas, con “Un diálogo que nunca cesa: los archivos de los lectores de Antonio Machado en Collioure”. Por colofón un hombre recitó el poema “A José María Palacio”. Pedí que me dejaran decir uno mío, pero el apretado programa lo impedía. Hablé con Antonina.
      Salimos al exterior. Imposible llegar al cementerio por el bloqueo de los abanderados independentistas. Hacía un buen día y había mercadillo y mucha gente por la calle y en los bares. Dificultades para comer. Por fin entramos al cementerio, y nos acercamos a la tumba del poeta. Alumnos de un instituto de Tarragona declamaban sus versos. Cuando acabaron yo me decidí. Tras presentarme, y temblando de emoción, recité un poema propio de homenaje a nuestro mejor cantor, que aplaudieron los presentes. Antonina Rodrigo y sus amigas me pidieron hacerse una foto conmigo, con el profesor de Soria. Al cabo de un rato con Monique Alonso como guía, repetimos los pasos de Machado, por el camino que recorrió desde la estación del tren que lo trajo y desde el hotel que lo alojó hasta el cementerio que lo cobija. 
      Con retraso sobre lo previsto la expedición soriana, con Jesús Bárez al frente, pudo honrar al poeta depositando un ramo de flores sobre la lápida cubierta de ofrendas y presidida por la bandera republicana. En las cintas de la corona, que conformaban con rosas rojas y amarillas la bandera de España, se leía: El Gobierno de España rinde tributo a Antonio Machado”. De nuevo, a petición de un allegado, cuya madre era de Castilruiz, volví a leer mi poema “En memoria de Antonio Machado” que dice así: 
      “Otra vez, de mañana, en cualquier radio / -es mucho el tiempo que tú estás ausente- / alguien recordará tu aniversario. / Y me hablará de ti, de tu calvario, / con el agua lloviéndote los pasos. // En negro y blanco cinematográfico, / se suceden borrosas las imágenes, / que me anticipan un final dramático. // Vencido, caminante hacia el exilio / -en columnas pedestres, como hormigas, / -que emiten siempre guerras fratricidas-, / junto a tus compañeros derrotados, / compartes los dolores y las hambres, / y huyes en retirada al otro lado. // Sobre tu gabán negro, de notario, / el polvo de la tiza y del tabaco. / Tu España es cáliz de su propia sangre.
      La carne herida pesa hacia la tierra, / en pos de sus raíces vegetales. // Ahora floree tu infantil Sevilla, / el amor junto al Duero desbordado. / ¿No ves, Leonor, los álamos dorados? / Diosa Guiomar se asoma a un finisterre / “y cuanto exilio en la presencia cabe”. // Cómo olvidar, si todo va pasando / desde el vagón de un tren precipitado, / mientras apuras tu último cigarro / y ya es Collioure, estación y hospedaje, / tu cita irreemplazable con la muerte: / miércoles de ceniza, treinta y nueve. // Descansa en paz, ya has concluido el viaje. / “Solo la tierra en que se muere es nuestra”, / playa de Francia a la que perteneces. / Nuestra es el agua larga de tus versos”. Por suerte, esta vez el compañero de expedición Fernando Martínez Marquina lo grabó con su móvil. 
      Tras partir de Collioure, quisimos acercarnos al campo de concentración de Argeles-sur-mer. Y pisamos la arena dorada y menuda de su playa. Por la que pasaron hambre, miedo y frío 450.000 españoles del éxodo y del llanto. Contándose con hasta 100.000 hacinados a la vez como ganado, cercados de alambradas. 
      El retorno hasta Soria se hizo largo. Llegamos a casa a las 3 de la madrugada. Pero el esfuerzo mereció la pena. Por la mucha emoción emanada de los instantes vividos con el sol de invierno. Por nuestro poeta adoptivo, que no nació aquí en Soria a la vida, pero sí al amor, tan intenso como breve, de Leonor Izquierdo Cuevas. 
      “Profeta ni mártir / quiso Antonio ser / y un poco de todo / lo fue sin querer” le cantó Joan Manuel Serrat. Hubo un poco de tristeza, porque allá en Collioure, su última estación, quedó enterrada una parte de nuestros corazones bajo una gruesa losa gris. Y conviene no remover su tumba. Para que no volvamos nunca a empuñar el sangriento cuchillo cainita entre españoles. 
      Nadie muere del todo mientras haya una sola persona que lo recuerde. Un poeta como Antonio Machado seguirá siempre vivo en tanto se lean sus versos. Fue un español decente. Que “misterioso y silencioso iba una y otra vez”. El docente que nos impartió su lección magistral para enseñarnos a ser buenas personas. Y a tolerar al contrario, que suele ser nuestro complementario. 




domingo, 6 de enero de 2019

El traspaso anual del arca de la concordia

Allá, por la Edad Media, los castellanos del extremo del Duero llevaban una vida comunal, asentados en aldeas libres (si bien nunca faltaron linajes ni obispos mandamases), que disfrutaban colectivamente los campos de labor, los prados, los montes, los bosques, las aguas, los molinos, las salinas…, y en las que una ciudad o villa cabecera constituía su epicentro. Eran las Comunidades de Villa y Tierra. Y, por oposición al reino astur-leonés, el derecho consuetudinario (basado en el uso y la costumbre) marcó su personalidad. Hasta el siglo XIII, Castilla no tuvo leyes y Soria, todavía en el siglo XIV invocaba su fuero para dirimir muchas cuestiones. La cultura agraria hizo que en un principio fueran compatibles la agricultura y la ganadería dentro de una economía de supervivencia cerrada o autárquica. No traspasar las lindes de las dehesas, trigales, viñedos, huertos o prados de guadaña eran las cinco cosas vedadas, incluidas en privilegios reales otorgados a las poblaciones trashumantes por los reyes para zanjar los pleitos de los vecinos de los pueblos y sin los cuales no hubiera sido posible la convivencia, ni el aprovechamiento de los pastos, del agua del río, etc. 
        Este es el contexto histórico en el que planta sus raíces el rito tradicional del traspaso del arca de madera, que cada año se efectúa entre las localidades de Almarza y San Andrés de Soria. Ambas, esencialmente campesinas, están situadas en la parte Norte de la zona central de nuestra provincia, a unos 20 Km. de la capital. A campo abierto, en medio del valle del río Tera, que da nombre, asimismo, al sexmo al que pertenecen, muy bien custodiadas por el imponente muro de la Sierra del Alba. Junto a la carretera N-111 que permite el acceso a la vecina Comunidad de La Rioja por el puerto de Piqueras. Otrora, participaban también las de Cardos y Pipahón, pero desaparecieron a causa de la despoblación. Estos “Cuatro lugares” compartían por igual el derecho al usufructo de la fértil dehesa boyal de la Mata, de 1.015 hectáreas, en base a un privilegio concedido por el rey Alfonso XI de Castilla, mediante carta plomada con fecha de 15 de junio de 1329. Así pues: “El arca que en los años impares va a Almarza, regresará en los pares a San Andrés”.
       El acto conmemorativo en la actualidad acontece, con el inicio del año nuevo, en la mañana de la fiesta de la Epifanía o de los Reyes magos el día 6 de enero, ya transcurrida la noche mágica en la que los pequeños han concentrado toda la inocencia de su ilusión infantil. En torno a las horas13,45 h., tras la salida de las misas oficiadas en las respectivas iglesias parroquiales, se forman las comitivas de vecinos y allegados encabezadas por las autoridades. Pronto avanzarán en dos columnas análogas hacía el mojón de “Canto Gordo”, a mitad de camino entre los dos pueblos, bien animados en el recorrido por las músicas altisonantes de los dulzaineros. 
       Por acabar en número par el año pasado de 2018, ha sido el pueblo de San Andrés el encargado de su custodia y, en consecuencia, sus mozos se han ocupado del traslado del arca, portándola a hombros para su entrega. Llegados al punto de encuentro y tras el protocolario intercambio de afectuosos saludos, los dos alcaldes / alcaldesas, usando cada uno su llave, proceden a la apertura del arcón, para supervisar que la documentación que se guarda en su interior, (sobre privilegios otorgados y pleitos mantenidos en relación con sus bienes comunales y la posesión de la ermita de los Santos Nuevos), se conserva en perfecto estado. Luego vendrán los discursos de los regidores haciendo balance del año cumplido y formulando los mejores deseos para el nuevo año. De un tiempo a esta parte, se invita a alguna persona destacada para que lance su panegírico sobre esta función tradicional a los cuatro vientos. Dichas las últimas palabras, serán los mozos de Almarza los que ahora carguen con el mueble de madera para trasladarla hasta su pueblo. Tras ello, en los salones de ambos ayuntamientos se obsequia a los concurrentes a vino y refrescos con algunos pinchos, brindándose por su buena unión y fraternidad. 
        Indudablemente, que esta ceremonia laica cobraba pleno sentido en otro tiempo pretérito y que hoy en día cumple un cometido que es más de celebración festiva, con un carácter meramente simbólico. Almarza y San Andrés no constituyen dos ayuntamientos separados, ya que el municipio de Almarza agrupa a San Andrés, junto con Gallinero, El Cubo de la Sierra, Portelárbol, Sepúlveda de la Sierra, Segoviela, Matute, Tera y Espejo de Tera. También cabe anotarse que en el cercano pueblo de Arévalo de la Sierra existe un arca similar, donde se salvaguardan documentos de la disputa del monte de acebo de Garagüeta mantenida con Gallinero. 
        Lo cierto y verdad es que este singular acto participativo del traspaso del arca, constata un rito de identificación. Para despertar la memoria dormida de saber quiénes son ellos y de dónde proceden. A la par que es un motivo de cohesión, de orgullo y de autoestima para los vecinos de estos dos pueblos protagonistas de Almarza y San Andrés, que han tenido, además, el gran mérito de mantenerlo vivo, frente a toda inclemencia y desidia, a través de los siglos. Como esa apreciada herencia con valor sentimental que va pasando de padres a hijos. 
      A fin de cuentas, yo soy de los que piensan que siempre hay que vivir el presente, pero sin tampoco dejar de mirar al pasado, a nuestras buenas costumbres y tradiciones, para de esa manera proyectarnos en el futuro. Abriendo así un camino de mejoras en nuestra calidad de vida, marcadas en gran medida por la convivencia, la concordia y la empatía. Y haciendo que de lo afectivo pasemos a lo efectivo. Como elemento de superación y de progreso. 
José María Martínez Laseca
(6 de enero de 2019)

La vida confesada de Vicente Marín

“¿Volver? Vuelva el que tenga, / Tras largos años, tras un largo viaje, / Cansancio del camino y la codicia / De su tierra, su casa, sus amigos, / Del amor que al regreso fiel le espere”. Son versos del poema “Peregrino”, incluido en “Desolación de la quimera” (1962) del poeta Luis Cernuda. Y me vienen que ni pintiparados para comentar “Las buenas y malas noches de Vicente Marín”, que no son otra cosa sino la biografía novelada del mentado, tras confesarse con el escritor paisano Javier Narbaiza. Vivirla para contarla.
       Y cumple este escribano muy bien el encargo de decir al curioso lector -en tan concisa como precisa narrativa, trufada con algún que otro diálogo-, las “fortunas, adversidades, tareas, empeños y amores” de la vida de Vicente Marín, “y todo empezando por el principio”. Así pues, el libro quedará ordenado en 18 capítulos, si bien el montante resulta de sumar 1+16+1. Porque, tanto el capítulo I (de prólogo): “Larga noche encerrado en el ascensor, como el capítulo XVIII (a manera de epílogo): “Días de otoño en Bretún, entre pastillas de colores”, se distinguen en letra cursiva, al remitir a un pasado más inmediato y estar dichos en primera persona. Que todas y cada una de esas 18 partes van convenientemente ilustradas con fotografías que vienen al caso. Y aún se añade un Apéndice final con más fotos, a modo de álbum. 
       De labios del biografiado oí (en la entrega que se le hizo del premio de soriano saludable, el 19 de noviembre de 2018) tildarla de novela erótico-picaresca. Mas no diría yo tanto respecto a la atribución del primero de los géneros, pese a que se nos hable de relaciones sexuales mantenidas tanto con chicas como con chicos, resaltándose, al ser ella considerada “el animal más bello del mundo”, los dos encuentros con Ava Gardner, pues no se entra en pormenores. 
       Sí que noto, por el contrario, similitudes con la novela picaresca inaugurada por “El lazarillo de Tormes” (1554), aunque en los 16 episodios del meollo de su trama el punto de vista no sea autobiográfico. Lo constato, no obstante, en otros cauces formales como son los del espacio y el tiempo. En consecuencia los lugares recorridos por el personaje-sarta marcan un tiempo lineal, itinerante. Vicente Marín, hijo de padres campesinos sigue en su deambular todo un proceso de enseñanza-aprendizaje. Tanto en su internado en seminarios cuanto en el cumplimiento del servicio militar, como, posteriormente, en su pasar por sucesivos amos, asimilando algunos oficios (y sus respectivos vicios).
       A fin de cuentas, para acabar ascendiendo en la escala económica y social al congeniar con un Grande de España: Miguel López Díaz de Tuesta, conde de Atarés y marqués de Perijá. Su gran benefactor, ya que a su muerte le legó su rico patrimonio artístico y documental. Por colofón a su peregrinaje vital, Vicente Marín, cual indiano que ha hecho fortuna, regresará, con 82 años, a la querencia de su tierra y a su casa para quedarse al frente de la fundación que lleva su nombre. Montado a lomos de esa especie de quimera, que supone el pretender resucitar a su casi vaciado pueblo de Bretún, un tanto perdido en las tierras altas de Soria, y en cuyo suelo quedan fosilizadas las huellas de los mastodónticos dinosaurios del jurásico. 
José María Martínez Laseca
(4 de enero de 2019)

miércoles, 3 de octubre de 2018

Las fiestas de San Saturio durante la guerra civil española (1936-1939)


“Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa”.  
Albert CAMUS [Sobre la Guerra Civil Española]

La ciudad de Soria celebra dos fiestas principales de carácter tradicional: las dionisiacas de San Juan o de la Madre de Dios, coincidentes con el solsticio de verano, y otras más formales en honor de San Saturio, su patrón, a primeros de octubre, ya iniciado el lánguido otoño. El refrán popular las señala certero en el calendario: haga frío o calor, San Saturio el día dos. Prolongándolas luego hasta el día cinco. Suceden, pues, tras el mes de septiembre –que seca a las fuentes o se lleva los puentes– en cuyo cierre se ha realizado la importante feria de ganado en las eras de Santa Bárbara. Son fiestas menos ruidosas que las de San Juan y más tibias, porque el sol ya flojea. De mayor abstinencia y recogimiento interior. Con una religiosidad más ortodoxa, preludiadas por una novena en torno al santo cenobita para regocijo de sus fieles devotos.
Yo pretendo aquí hacer una breve aproximación a su desarrollo durante el periodo de la guerra civil española 1936-1939 para ver la incidencia que tuvo el conflicto bélico sobre el desarrollo de las mismas.
Es la Comisión de Festejos del Ayuntamiento capitalino la que se encarga de preparar el programa oficial de las fiestas, el cual viene a repetirse año tras año, con escasas variaciones en cuanto a los actos religiosos y profanos (culturales, deportivos…) que lo conforman se refiere. Sin que falten en él las corridas de toros, las misas y las procesiones, las competiciones de todo tipo y los bailes públicos amenizados por los sones de la Banda Municipal o más reservados en el Casino Amistad-Numancia. En su víspera, el día 1 de octubre, se anuncia su comienzo a los cuatro vientos con repique de campanas y lanzamiento de cohetes a los cielos. Este día, también se realizaba la solemne apertura del curso académico en el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza.
Las Fiestas de San Saturio del año 1935, todavía durante la vigencia de la Segunda República, transcurrieron con alegría y en paz. Recordamos que la guapa señorita María Ángeles de Marco Marqués (prima de Concha de Marco) fue nombrada Reina de los Juegos Florales de ese año.

Herencia bendita el Santo Patrono de  Soria

Tal titulaba en primera “El Avisador Numantino” de 30 de septiembre de 1936 el texto firmado por H. en el que se resumía la hagiografía (vida y virtudes) de Saturio hasta que Benedicto XIV proclamó el 31 de agosto de 1734 su santidad. Como sabemos, con el alzamiento militar del 18 de julio había empezado la guerra fratricida entre españoles. Soria se declaró pronto partidaria del bando nacional. Y la tierra se teñía de sangre. Los facciosos, con la aquiescencia de la iglesia, la tildaron de santa cruzada, cual si de una vieja guerra de religión se tratara.
Todo ello venía a cuento para que el periodista-redactor escribiera comparativamente: “El arrianismo amenazaba destruir el tesoro de la fe cristiana en las almas sorianas y nuestro egregio paisano se alzó contra la herejía, en aquellos tiempos del siglo VI, predicando, con la elocuencia de sus obras de sus oraciones y de sus sacrificios, la doctrina santa que salva y redime.”
Porque si “las fiestas en honor de nuestro santo anacoreta se han celebrado siempre con inusitado fervor religioso, nunca mayor que en estos desdichados últimos años de dominio de moderno arrianismo masónico, judío y marxista, que felizmente acaba por la protección divina que también nosotros los sorianos, hemos impetrado a través de San Saturio, y por la heroicidad del Ejército y de las milicias armadas.” Como hiciera tiempo atrás un escuadrón de labradores sacando las reliquias de San Saturio en rogativa implorando la lluvia para sus campos, de nuevo se acudía en amparo. Máxime “en el año actual, en los días aciagos que corremos, en los que con noble y generosa sangre se está estructurando una nueva España, grande y libre”.
Mas, aunque se suspendieron los festejos profanos, las solemnidades religiosas se celebraron con inusitado esplendor. Tanto el novenario al santo, con gran concurrencia de fieles, como la santa misa en la Colegiata de San Pedro y la procesión por la tarde con la imagen del santo, presidida por el Sr. Obispo. Acompañados por la numerosa escuadra de la Guardia Civil, fuerzas de Falange Española, Voluntarios, Flechas, Requetés, Margaritas y Pelayos. Yagüe es ahora el jefe de la legión. Y Franco, el libertador del Alcázar de Toledo, era ya el Jefe de Gobierno del nuevo Estado nacional.

-1937, segundo año triunfal

La prensa recogía un goteo de nombres y apellidos de sorianos muertos por la Patria (exclusivamente del bando sublevado) en el frente de guerra. El día de San Saturio de 1937 los balcones de la ciudad aparecían engalanados y en los edificios oficiales ondeaba la bandera nacional. Los actos religiosos honrando a San Saturio contaron “con la asistencia de las autoridades civiles y militares y numerosísimos fieles”. “Celebrose, a las diez y media de la mañana del sábado, solemne función religiosa en la Colegiata de San Pedro, ocupando la sagrada cátedra el M. I. Sr. Don Luis Miner, Canónigo de la Catedral de Vitoria, cuyo sermón, como todos los pronunciados durante la novena, mereció grandes elogios”.
Pero la sesión de las siete de la tarde se torció, debido al temporal de lluvias reinante, por lo que “se organizó brillante procesión con la imagen de San Saturio por las naves de la Colegiata, asistiendo igualmente las autoridades, Cofradía del Santo, entidades, Corporaciones y muchísimos fieles. Dieron escolta al glorioso anacoreta un piquete de la Guardia Civil y soldados del Tercio Numantino.” Cabe reseñarse la intervención del M. I. Sr. Abad de la Colegiata, don Santiago Gómez Santa Cruz, que “pronunció breves palabras recordando como hacía 150 años se verificó en Soria una solemne rogativa con las reliquias del Santo”. Y “propuso a las autoridades provinciales se dirigieran al Excmo. Prelado de la Diócesis a fin de organizar una rogativa semejante, coincidiendo con la festividad del Pilar a fin de impetrar la paz en España con la victoria de nuestro glorioso Ejército”.
           
-1938, tercer año triunfal

Las tropas de Franco seguían conquistando territorio. Este año de 1938, desde el 16 de julio hasta el 16 de noviembre, tuvo lugar la batalla del Ebro. Una de las más sangrientas de todas y en la que más combatientes participaron. Supuso, sin duda, el enfrentamiento decisivo. Ya, a finales de septiembre, el Presidente de la República Juan Negrín, desde Ginebra, durante la Asamblea de la Sociedad de Naciones, declaraba que el Gobierno de Barcelona retiraba a los combatientes de las Brigadas Internacionales y decía que la cuestión española podía ser cortada mediante una política de conciliación.         Pero la suerte ya estaba echada. Y decidido el final de la guerra civil del lado de los facciosos, dejando, así, sellado el destino de la Segunda República Española.
Una vez más, la Ciudad de Soria celebró con gran brillantez el día de su glorioso y excelso patrón. Tanto la santa misa de la mañana como la procesión de la tarde estuvieron presididas por el Obispo de la Diócesis Tomás Gutiérrez Díez y se contó con la presencia del Gobernador Civil Javier Ramírez Sinués y del Militar Manuel Rodríguez Arnau, junto con el Alcalde de Soria Gregorio Ramos Matute y demás autoridades, representantes, asociaciones, colegios de la capital y numerosos fieles.
Con motivo de la festividad de San Saturio, el Ayuntamiento de la muy Noble y muy Leal Ciudad de Soria tenía el honor de rendir a las familias sorianas que más han sufrido por Dios y por la Patria; a los Mutilados de Guerra, hijos de esta Ciudad, y a los heridos también de guerra que se encuentran hospitalizados en la misma, un sentido homenaje. En su transcurso se entregaron cantidades de mil pesetas a madres que habían perdido a sus hijos y a los hijos que se quedaron huérfanos de padre o madre, en esta campaña de defensa de Dios y de la Patria, así como de quinientas pesetas a las madres que tenían “más hijos luchando en el frente a las ordenes de nuestro invicto Caudillo”.

-1939, año de la victoria
           
            Tras la toma de Valencia y de Alicante, el 1 de abril de 1939, el Estado Mayor del General Franco emitía desde Burgos el siguiente comunicado: “En el día de hoy, vencido y desarmado el ejército rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos. La guerra ha terminado”. Como consecuencia, se implantaría en todo el territorio el nacionalcatolicismo. caracterizado por la estrecha relación entre la iglesia católica y el Estado con el fin de controlar la educación, la cultura y otras facetas de la vida social española.
            Esta vez, en primera página, “El Avisador Numantino” de 4 de octubre de 1939, extraía sus propias conclusiones al sentenciar:
            1.-“No pudo el sectarismo en aquellos tiempos de dominación marxista, de triste recuerdo, menoscabar el espíritu religioso del pueblo soriano, ni su devoción a su santo Patrono, en cuyo honor la ciudad está celebrando sus tradicionales fiestas”.
            2.-“Y en plena dominación de la ominosa república, todas las dificultades que se encontraban se vencían con verdadero tesón y no fue interrumpida la devoción al glorioso Anacoreta”.
            3.-“Durante los años de la guerra de liberación de España, el pueblo de Soria no prescindió de hacer pública expresión de su fervorosa devoción a San Saturio, Anacoreta y Patrón de la Ciudad, y si bien prescindió de celebrar ningún festejo profano, hizo verdadera exaltación de fe en las funciones religiosas que en la conmemorativa fecha del dos de octubre de cada uno de los años tuvieron lugar”.
            4.-“Ganada ya en este Año de la Victoria, el pueblo se aprestó a celebrar sus tradicionales fiestas en honor del Santo, con verdadero entusiasmo, y aun cuando el temporal de lluvias reinante parece que trataba de restar animación a todos los actos organizados, especialmente a los religiosos, éstos se han visto más concurridos que nunca”.
            Este Año de la Victoria, las letras de los gozos que se cantaron en la novena al Patrón fueron acompañadas con música de Oreste Camarca. Y aunque se suspendió la anunciada verbena con fuegos artificiales, en la noche del día 2, a causa del pertinaz aguacero, sí que hubo carrera de bicicletas, corrida de toros en la chata con reses de Trespalacios para Niño de la Palma, El Estudiante y Jaime Pericás, además de conciertos y bailes públicos, en los siguientes días de fiestas.
Con lo que las aguas de la tradición festiva en honor a San Saturio volvieron a su cauce natural. El poeta local Francisco Soria Montenegro lo expresaba atinadamente en estos versos de 1940: “Ante el grato panorama / de la otoñal estación / la Corporación proclama / que el año actual el programa / resultará de emoción”.
José María Martínez Laseca
(30 de septiembre de 2018)  

miércoles, 11 de julio de 2018

La memoria de Numancia en boca de tres poetas

Al decir de Estrabón, entre los pueblos celtíberos, que habitaban el corazón de la península ibérica desde el s. VI a de C. los más poderosos eran los arévacos, entre cuyas ciudades destacaba Numancia. Para ellos la ciudad se configuraba como un auténtico centro organizador, administrativo y político del territorio en el que se asentaban los poblados y las aldeas.
      La importancia de Numancia radicaba en su valor estratégico. Estaba situada sobre un elevado y extenso cerro (La Muela), flanqueada por el río Duero y su afluente el Merdancho, junto al actual pueblo de Garray (Soria). Desde esta posición se dominaba una amplia llanura rodeada por las sierras del sistema ibérico entre cuyas cimas destacan los Picos de Urbión y el Moncayo. Además, se veía reforzada por el control que ejercía sobre el vado del Duero, que regulaba todo el tráfico de viajeros y mercancías que desde esta altimeseta se dirigían hacia el valle del Ebro. De aquí que a muchos pueblos les interesara poseer la llave de dicho paso. 
      Y este es el escenario de las guerras que enfrentaron a los celtíberos contra las todopoderosas legiones romanas a las que tuvieron en jaque durante 20 años contando con muchos menos efectivos. Asediada la ciudad, en el año 133 a de C., por Publio Cornelio Escipión, sus pobladores optaron por suicidarse antes que rendirse. 
      A partir de ese momento, la imagen heroica de la histórica gesta numantina, el símbolo de todo un pueblo que resiste en defensa de su libertad, iría propagándose a través de los textos escritos (en este sentido puede visitarse hasta el 11 de septiembre la exposición Los clásicos hablan de Numancia que organiza el Archivo Histórico Provincial de Soria) para pasar al imaginario popular y colectivo con la categoría de mito o historia fabulosa. (Véase: Numancia: símbolo e historia de Alfredo Jimeno y José Ignacio de la Torre, Ed. Akal, 2005). 
      Así, el mito de Numancia fue cobrando fuerza como seña de identidad frente al enemigo invasor, como ocurrió en el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid, durante la Guerra de la Independencia contra los franceses. Y, tras la Constitución de las Cortes de Cádiz, con la primera Ley de Enseñanza de 1813, se iría difundiendo entre los chiquillos de todas las escuelas del país, por medio de los libros de texto, lo que ha continuado hasta nuestros mismos días. Pero, igualmente, en su larga trayectoria rebasó nuestras fronteras para convertirse en un mito universal. (Un acercamiento a la imagen popular y colectiva de Numancia se hace por Antonio Ruiz Vega en su obra: Los mitos de Numancia, 2017). 
      En la actualidad Numancia no es tan solo un yacimiento para bocado de arqueólogos que la auscultan y escarban adentro de su cuerpo, también es un bien patrimonial de interés cultural, que sigue atrayendo a numerosos visitantes que sienten la curiosidad de visitar las sugerentes ruinas de la ciudad quemada. Numancia es un territorio cargado de resonancias históricas y de admirables valores humanos. Hasta consagrarse como un paisaje de emociones, con alma, un paisaje de la memoria. 
       Como consecuencia de la celebración en 2017 del 2150 aniversario del asedio y toma de la ciudad celtíbera de Numancia y su declaración como acontecimiento de Excepcional Interés Público, todavía vigente en este año de 2018, se han venido celebrando toda una serie de actividades culturales de lo más variopinto y publicado numerosos textos. Para Juan Antonio Gaya Nuño en El santero de San Saturio: “La desdicha perpetua de Numancia ha sido sublimidad cierta de poetas”. La relación de todos ellos sería interminable, pero quiero citar aquí a tres de estos poetas contemporáneos que la cantaron con exquisita sensibilidad en sus versos. 
1.-Juan-Eduardo Cirlot Laporta (1916-1973)
      Catalán, nació en Barcelona el 9 de abril de 1916 y falleció en la misma ciudad el 11 de mayo de 1973. Es un poeta “oscuro y enigmático y casi siempre brillante”, al decir de Luis Antonio de Villena. Está vinculado con el surrealismo, pero él se nos muestra “siempre inquieto, siempre buscador, siempre cultista y casi siempre onírico”. Destacó, asimismo, como ensayista sobre música y simbología, y como crítico de Arte, participando en el grupo “Dau al set”, siendo amigo de Tàpies y de Cuixart y de Juan Antonio Gaya Nuño. En 1945 ( nº 15 de la revista Espadaña de León), Cirlot publicó Tres poemas a Numancia, bien valorados por Enrique Andrés Ruiz (“Los poemas a Numancia de Juan-Eduardo Cirlot”). Recogemos aquí el 1º de ellos (“1. La tierra”), donde evoca a Numancia, lugar en el que, al parecer, nunca estuvo. Dice así: 
      “¡Oh, tierra! Tierra, campos, rosas, / rosales de tierra desgarrada: / de tierra de silencio y de amargura / abierta a los puñales y los besos. // Aquí quiero cantar, sobre tu pecho, / la inmensa soledad de tus llanuras, / el oro calcinado de tu trigo, / la noche de tu sombra y de tu pelo / salvajemente ardiente. // Quiero llorar por tus montes violetas, / por tus vientos helados, por tus surcos / sembrados con metales y con huesos; / porque pareces el fondo de un océano, / colmado de naufragios. // ¡Oh, tierra! Tierra mía, tierra antigua, / durísima y paterna”. 
2.-Concha de Marco (1916-1989)
     Soriana, nacida el 23 de mayo de 1916 en la Plaza de Herradores de Soria capital, murió en Madrid, el 19 de octubre de 1989. Licenciada en Ciencias Naturales. Poeta, narradora, traductora, y ensayista. Comenzó a publicar sus poemarios a partir de 1966. Es una poeta original, influida por la poesía extranjera tanto o más que por la española. Luis Jiménez Marcos ha calificado su poesía como “una palpitación dolorosa y metafísica” considerando su calidad intelectual y sentenciando que “Quizás desde Rosalía de Castro, ninguna mujer ha dicho la poesía entre nosotros con tan impresionante desnudez”. Fue compañera del escritor y crítico de Arte Juan Antonio Gaya Nuño. En su poemario Acta de identificación (1969) recupera sus antiguas raíces sorianas. De los varios poemas que dedica a Numancia extraemos el titulado “El Cerco”. Dice así: 
      “Treguas silenciosas en la helada del amanecer, / apagado el fuego de los campamentos. / El Jefe, robando a su enemigo el pensamiento, / recorre la muralla, espera. // Minutos del oráculo, hora de las estrellas, / sagrado miedo de las profecías. // Llega la primavera. / Por la tierra de nadie salen cinco jinetes, / pasan con pies de sueño ante la guardia. / Mendigarán ayuda en el pueblo cercano. / Los jinetes, dispuestos, más los viejos / no arriesgarán ni un palmo / de su mísera vida sometida. / Bocas delatoras, manos nudosas de perfidia / acuerdan la no intervención. // Dioses inexistentes presencian el castigo: / Ochocientas manos cortadas, pasto de perros. / Quién labrará los campos desde ahora. // En la siniestra aurora del desastre, / todos los signos auguran nuestro fin. / Tierras que cultivamos por vez última, / la última cosecha, el pasto del último rebaño. / Amanecido el sol es como una limosna, / el murmullo del agua triste presagio. / Noches aletargadas en silencio, / capta el oído voces de los campamentos. // Todos se han entregado. // Nosotros aquí, solos, en un mundo de buitres, / escuálido ganado y mariposas muertas”. 
3.-Julio Garcés (1919-1976)
      Soriano. Nacido en el centro de la capital de Soria, murió en Lima (Perú). Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona, ciudad en la que inició su vocación literaria. Poeta de escasa producción poética, si bien siempre refinada en su resultado. César González Ruano dijo de Garcés que “como surrealista, es uno de los más logrados poetas y, probablemente, el mejor heredero en fortuna y universalidad del surrealismo de Alberti”. Compartió amistad y la aventura del postismo con Juan-Eduardo Cirlot. Con su poemario Los poemas de San Polo, cargado de nostalgias otoñales, regresa a las vivencias del paraíso de su infancia evocado desde la lejanía en la que habitaba. De los 8 poemas a Numancia que incluye, recogemos el último de ellos, el “VIII”. Dice así: 
      “Todos sabemos que estás en una altura / De tierra pobre / Y que tres ríos de neblina bajan / Desde tus dioses a lavarte / Y que murallas y odio te abrazaban / Y que jefes y amor te conducían / Podemos ver tu rostro de cosecha quemada / Tus brazos de servidumbre / Tu respiración y tu vientre baldíos / Tu belleza caída como una hoja / Tu resignación y tu cansancio // Tu olor a cuero y trigo / Tu aroma venerable / Tu superficie consternada / Y esos azules pálidos / De tu circunferencia vegetal de un día / No nos sirven de nada / No nos sirven de nada / Conocer el origen de tu carácter / Los lejanos motivos de tu sacrificio / La contradicción de tus miembros / Es preciso tu amor / Lo que todos ignoran / El fuego de tus casas en un día de octubre / Tu indiferencia / Tus hijos como los nuestros // Numancia yo he pisado muchas veces / Tu tierna espalda de espigas / La rosada ceniza de tu campo”. 
José María Martínez Laseca
(9 de julio de 2018)

sábado, 5 de mayo de 2018

Homilía a los saturienses

Queridísimos feligreses:
Me corresponde, en mi condición de hermano mayor de la Hermandad del Santero de San Saturio, predicaros, un año más, la homilía tocante a esta sexta edición de La Saturiada. No me perderé en meandros cual hace el río Duero en torno a Soria, e iré directo al grano, ya que como nos advierte Baltasar de Gracián: discurso que a los cinco minutos no mueve corazones, mueve culos. 
Hecho este introito, debo deciros que hoy se celebra la Fiesta de Castilla y León, con cita en la campa de Villalar de los Comuneros, si bien todavía parece que atravesáramos cierta adolescencia buscando nuestro denominador común identitario, un proyecto compartido, por el que unos deberíamos reconocemos en los otros y hasta ponemos en el lugar de los otros, aunando esfuerzos y teniendo conciencia de comunidad y no manteniéndonos en reinos de taifas medievales. 
También es el Día del Libro, y en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares se le ha entregado el Premio Cervantes a Sergio Ramírez, escritor nicaragüense que no entiende su labor de escritor sin el compromiso con la realidad y con la libertad. 
Ambos aspectos de la identidad y del libro convergen en nuestra ruta literaria de La Saturiada, en la que recreamos ese libro de esencias que es El Santero de San Saturio, reviviendo así el sueño de Juan Antonio Gaya Nuño.
Por todo ello quiero centrar mi reflexión en el libro, en la literatura, en la palabra que construye sentimientos, traslada pensamientos, remueve nuestra conciencia y nos nutre de capacidad crítica para discernir las voces de los ecos. Resaltar la importancia de la lectura. Leer para saber, reza el eslogan de nuestro marcapáginas. Pues los creadores escritores nos transmiten su conocimiento, su visión del mundo. Porque la lectura tiene efectos medicinales, al curarnos de la ignorancia. Y tonto el que no lea.
Mi amigo Ángel Jiménez me ha remitido esta mañana este whatsapp: -Les dicen gordos y enseguida se ponen a hacer dieta, pero los llaman tontos, y ninguno se pone a leer un libro. 
No deberíamos usar la cultura y la literatura tanto como espectáculo, sino que tenemos que cultivarlas con un poco de cabeza y de rigor, ya que todo aquello que no se ejercita con regularidad, se atrofia. 
"El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho" dice Cervantes por boca de Don Quijote y gusta de repetirlo mucho nuestro hermano César Millán. Porque por medio de la lectura todavía es posible volver a aquella edad de oro de nuestra primera infancia en la que placer y aprendizaje, juego y verdad, imaginación y descubrimiento, eran sinónimos como señala Antonio Muñoz Molina en “La disciplina de la imaginación”. 
Antes que escritor uno es lector, dicen los autores consagrados. Leyendo se vive más, pues nos reencarnamos en las vidas de otros personajes. En tal sentido escuché decir a Manuel Jabois: 
Me gustaría llegar a ser Ana, la hermana menor de Luis Cernuda, porque con ella acaba su “Memorial de un libro” con esta escena: después de un bautizo en la casa familiar su padre tiró lo que llaman el pelón, varios puñados de monedas desde un balcón. Y todos los primos se lanzaron al suelo para recogerlas. Y Cernuda entonces escribe: Mi hermana se quedaba en un rincón mirando el espectáculo sin participar en él. Al preguntarle alguno porque no entraba ella también en la refriega respondió: -estoy esperando a que acaben. 
En su respuesta veo no tanto la tontería inocente como la muestra de cierta cualidad insobornable, rasgo característico del temperamento familiar que también existe en mí. Así frente a la turbamulta que se precipita a recoger los dones del mundo, las ventajas, la fortuna, la posición, me quedé siempre a un lado, no para esperar como decía mi hermana a que acabaran. Porque sé que nunca acaban, sino por respeto a la dignidad del hombre y por necesidad de mantenerla. 
Queridos hermanos todos, yo suelo recordar en estas lides que cuando Federico García Lorca habló en la inauguración de la biblioteca de su pueblo de Fuentevaqueros pidió para todos los asistentes medio pan y un libro. 
A mi me gustaría que a todos vosotros cuando fuerais a un bar junto con vuestra consumición y vuestro tapa micológica o vuestra croqueta –lo de crocreta sigue sin admitirlo la Academia– os entregaran un fragmento literario de este cariz: 
-El fulgor del relámpago de Eloy Sánchez Rosillo
Hay cosas que la vida te da cuando ya apenas / podías esperarlas de su luz / maravillosa, elemental, purísima, / te hace feliz de pronto. Y desgraciado, / pues comprendes que no te corresponde / ese milagro ahora y que no debes / a ciegas entregarte a lo que era / propio tal vez de otro momento tuyo, / de un momento anterior, cuando tenías / fuerzas para ser libre. / Mas déjate llevar, y vive esa hermosura / con coraje, sin miedo. A qué pensar / en lo que te conviene. Es muy fugaz la dicha. / No la desprecies. Tómala. Y apura / el fulgor del relámpago. / Después, / tiempo tendrás para seguir muriéndote. 
Acabo ya, nuestro amigo Silvano Andrés de la Morena, desde Barcelona, en el día del libro, deseoso de compartir La Saturiada con nosotros, me remite este mensaje: 
Lo dijo Franz Kafka (y lo hago mío):
“ No se deberían leer más que los libros que nos pican y nos muerden. Si el libro que leemos no nos despierta con un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?”
Dicho queda. 
Desde nuestro voto de humildad, debemos, no obstante, sentirnos orgullosos de la exitosa celebración de nuestra Saturiada 2018. Ello lo ha hecho posible la acción colaborativa de muchas almas, por lo que os damos las gracias a todos, y en el cielo os lo pagarán. Destaco en esta ocasión la contribución tan especial de las mujeres “de letras tomar”. 
Y anoto que, por causas ajenas a su voluntad, no han podido acompañarnos ni José Andrés Diago, ni Pepe Boces. Para ambos nuestro cariñoso recuerdo y un fuerte abrazo.
Salud queridos feligreses. Ya podéis iros en paz. 
José María Martínez Laseca
(23 de abril de 2018)