sábado, 2 de julio de 2016

Las fiestas de las Calderas en la Soria de mitad del siglo XIX ( y 2)

En esta segunda entrega sobre “Las Fiestas de las Calderas” (Soria, 1859) del escritor soriano Jose Benito Ortega se nos describen las jornadas festivas del Domingo y del Lunes. En el caso del Domingo de Calderas se desarrolla por extenso la celebración de Las Calderas de madrugada en los jardines de la Dehesa, así como la prueba de las mismas por las Autoridades. Tras ello, almuerzos y bailes. Culminan los días festivos de San Juan con la celebración, el lunes por la tarde, de las Bailas y meriendas en la pradera de San Polo.
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Domingo al amanecer / está el Espolón poblado / de bellas, que han madrugado / todas con el mismo fin. / El de ser vistas y ver / las calderas y los bollos, / y los gallos y los pollos… / que ha de haber en el festín. / Es de ver el oscilar / de miriñaques pomposos / bajo vestidos sedosos / de cachemir o Pekín, / De moaré o de gró, y pasar / sus portadoras amenas / envidia a las azucenas / y celos dando al jazmín. / El aroma de las flores, / el perfume de las rosas, / la gracia de las hermosas / con rostros de serafín. / Los agradables rumores / de las brisas deliciosas / jugueteando en las frondosas / enramadas del jardín. / El conjunto encantador / de la Soriana que al paso / nos muestran su faz de raso / y sus labios de carmín. / El lujo y el esplendor / de tanta y tanta hermosura… / la gloria en abreviatura, / o el cielo en la tierra en fin. / Hasta que a la reunión / las calderas van llegando / y por su turno formando / de la dehesa en el confín. / Allí, con la comisión / nombrada por la ciudad, / las cata la Autoridad / y se reparte el botín. / Y cada cual se prepara / a comerse su ración / no lejos del Espolón, / con trinchante o con cuchara. / Recostándose a la sombra / de los olmos o castaños /sin más asientos ni escaños / que la fresca verde alfombra. / Y allí cada cual almuerza / con sus varios conocidos / echando tragos cumplidos / cada vez con doble fuerza. / Y al son de la gaita rara / o de la dulzaina tosca / entre el ruido y la algazara. / Sin pensar más que en mascar, / en solazarse, en reír, / en comer, en engullir, / en beber mucho y tragar. / Saltando de corro en corro / dando y recibiendo vino, / jamón, gallina, tocino / y algún suculento morro. / No hay odio allí ni rencor, / se olvida la enemistad / no hay más que fraternidad / entre plebeyo y señor. / No hay rango ni distinciones, / allí… todos son iguales / desde el que cobra jornales / hasta el que gasta millones. / Cada cual procura dar / y recibir municiones / de boca… y sin aprensiones / y sin descanso… libar.
            Y después de bien repleto / y después de bien bebido / de las gaitas al sonido / bailar un fandango neto. / Una jota aragonesa, / una galop… infernal / una polka sin igual, / que por lo íntima… interesa. / Un rigodón, un mambrú… / una extraña mezcolanza / de vals y de contradanza / de jaleo y padedú. / Un variado potpurrí / de boleras malagueñas, / manchegas o madrileñas / y de muñeiras de Tuy. / Una danza, en conclusión, / vertiginosa y ardiente, / el marrasquino y el rom. / Y si cuando ya te inflamas / con el sol y los licores, / mil rayos abrasadores / te lanzan las bellas damas. / Con sus ojos; que al mirar / nos sulfuran y electrizan… / y el corazón carbonizan / sin poderlo remediar. / Con sus ojos hechiceros / árabes… pero españoles / que queman, más que cien soles. / Tendrás pues que sucumbir / sufriendo sin remisión / espontánea combustión!!! / y… abrasado en fin, morir. / Pero morir de placer / sin dolor y sin disgusto: / una muerte en fin, a gusto / y a manos de la mujer… / ¡Oh! ¡Quien quitarse pudiera / catorce o quince veranos / y morir de gozo a manos / de una Soriana hechicera… / Sin dolor, sin aflicción, / sin… canas, sin desengaños, / y sobre todo sin… años / que marchitan la ilusión! / ¡Cuántas veces mi pasado / olvido… y me creo hoy / como ayer, más solo soy / cadáver galvanizado! / ¡Solo dura mi entusiasmo / ocho segundos o diez, / para volver otra vez / a caer en el marasmo! / Pero ¿para qué vendrán / aquí tontas digresiones? / volvamos a las funciones / de las fiestas de San Juan.     Cuando ya el calor avanza / vamos a la procesión, / que de las gaitas al son / ya también en son de danza. / Y después de pasar lista / el Ilustre Ayuntamiento / a los Santos, cual sargento / antes de ir a la revista. / En el templo del Decano / príncipe de los apóstoles / con sus órganos de móstoles / o sus gaitas a la mano. / Salen los Santos bailando / mil equis haciendo y eses / y al compás de mil traspieses / sus coronas balanceando. / Como queriendo decir / que  quieren participar / de aquel afán de saltar / y de aquel ir y venir. / Lo que prueba que ya todos / los que los conducen, van / a medios pelos o están / alegres de varios modos. / Y como tras la alegría / viene la risa también / todas las caras se ven / risueñas en demasía. / Y sin que cese la risa / en medio del Espolón / se concluye la función / en la Soledad con misa. / Y vuelven en dispersión / todos los Santos corriendo, / del tamboril al estruendo / y de las gaitas al son. / Y todo esto sin haber / disensiones ni quisquillas, / ni disputas ni rencillas / que puedan comprometer. / Esto solo pasa en Soria / heredera de Numancia, / que a su valor y arrogancia / agrega esta nueva gloria. / En Santa Bárbara luego, / por la tarde se prepara / otra vez la danza rara; / aquella danza de fuego!!! / Y despachan las cuadrillas / otra vez sendas meriendas, / y otra vez se hacen ofrendas / al Dios Baco de rodillas. / Empinando bien el codo, / y mirando a las estrellas / y apuran de las botellas / hasta vaciarlas del todo. / Y se destripa la bota / y se estrujan los pellejos / de mostos buenos y añejos, / hasta que no queda gota. / Y la Soriana que hechiza / anda o baila en las praderas / hasta que de las Calderas / el Domingo finaliza. / Pero no se acaba el fuego / y el entusiasmo que inspiran / aquellos ojos que miran / y nos hacen ascuas fuego.
            /Y en San Polo se repite / al otro día la danza / y se repleta la panza / y… el seso allí se derrite… / Al influjo y al ardor / de miradas voluptuosas / que nos lanzan las hermosas / de la luna al resplandor. / Y después… nos retiramos / de entusiasmo poseídos / y al quedarnos ya dormidos, / con las… Calderas soñamos. /¡Fiesta de mágico encanto / que muestras al mundo entero / que aquí en Soria, junto al Duero / hay placeres sin quebranto! / ¡Mi deseo el más ardiente / es que durases siquiera / hasta que el mundo se hundiera / perpetua y constantemente! / Así los sueños dorados / de unión y fraternidad / de libertad e igualdad, / se verían realizados. / Y al ejemplo, excepcional, / la España tradicional, / se mostraría dispuesta. / A solemnizar de veras / en cualquier villa o ciudad / y en bien de la humanidad / LA FIESTA DE LAS CALDERAS.
José María Martínez Laseca
(3 de julio de 2016)                   

Las fiestas de las Calderas en la Soria de mitad del siglo XIX (1)

Muy poco sabemos del escritor soriano JOSÉ BENITO ORTEGA. En un conciso apunte, en “Noticiero de Soria” de 3 de agosto de 1892, pág. 2, se nos dice que manejó la espada y la pluma en sus mocedades, y que cultivó la poesía. Que, tras largos años de azarosa y precaria existencia murió en Madrid, tras haberse autobiografiado en un librito que dio a luz en verso con el título “Mi vida y mi traje”.
            El texto de Jose Benito Ortega sobre “Las Fiestas de las Calderas” (Soria, 1859), que copiamos aquí, suma un total de 111 redondillas o estrofas de arte menor de cuatro versos (abba). En su lectura podemos apreciar una interesante descripción de nuestras Fiestas de San Juan de hace 157 años. De ahí que se aprecien algunas diferencias con lo que acontece en nuestros días. En esta primera entrega se nos refiere lo que acontece en las jornadas del Jueves La Saca, Viernes de Toros y Sábado Agés. Como vemos, entonces se acometía el toro enmaromado por las calles.  
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Hay fiestas tan populares / en la española Nación, / de tan grande animación / y encantos tan singulares. / Que son en su especie, solas, / únicas, extraordinarias, / indefinibles y varias / y en fin, fiestas españolas. / Fiestas de Júbilo henchidas, / de gozo y placeres tales, / que no se verán iguales / en las tierras conocidas. / Originales y raras, / extrañas, indescriptibles, / en donde los imposibles / se realizan a las claras. / En donde por tradición / o por antigua costumbre, / con profana muchedumbre / se mezcla la religión. / Pero en cuyas fiestas bellas, / los sencillos castellanos / se divierten como hermanos / sin rencillas ni querellas. / Donde el noble y el villano / la plebe y la aristocracia / se hermanan con mucha gracia / y están juntos mano a mano.  
            Muchas ya de la memoria / del pueblo se van borrando, / otras se van perpetuando, / como las fiestas de Soria. / Estas fiestas placenteras, / que se esperan con afán, / son las Fiestas de San Juan / o fiestas de las Calderas. / Con esos títulos dos / se designan vulgarmente; / pero hablando propiamente, / son de la Madre de Dios. / A ella deben su completa, / su celebridad famosa / que torna en verdad hermosa / los ensueños del poeta. / Voy a ver si puedo yo / estas fiestas bosquejar / o a grandes rasgos trazar / aunque me temo que no. 
            Al lado de los bridones, / y de corceles briosos / y de carruajes vistosos, / y de jamelgos trotones. / El jueves en coche o jaca / cuando va el alba a puntar, / ir al monte a presenciar / de los novillos la saca; / Y el almuerzo suculento / con libaciones frecuentes… / entre las damas valientes / que rebosan de contento. / Y, al continuo daca y toma / de bebestibles que encienden… / las chispas… que se desprenden / de aquella báquica broma. / Y los múltiples avances / a las infinitas botas / y las mil botellas rotas / y muchos otros percances. / Y el venir tras de los toros / entre un aluvión de gentes / con muchas turcas… decentes / de Cariñena y de Moros. / Con varios lobos extraños… / pero lobos de dos pies, / que se transforman después / en cubas como otros años. / Y aquella emoción sin tasa / del placer, que aumenta y crece, / y todo lo que acontece, / y todo lo que allí pasa. / Ni pintar ni describir / creo que posible sea; / para formarse una idea / es preciso al monte ir: / Estar en Valhonsadero / al principiar la función, / y acabar la diversión / en San Polo junto al Duero.  
            Pero entremos en la plaza, / donde miles de bellezas, / entre miles de cabezas, / ostentan su linda raza. / Esa raza Caucasiana / o de la falda de Ida / mezclada y embellecida / con la árabe y romana; / Tipo de lo bello en Asia, / de lo más bello del mundo / desde el Eúfrates profundo / hasta Georgia y Circasia. / Desde donde nace el Don / hasta donde el Tajo muere / que puede ver quien quisiere / en la Ibérica nación. / Donde hay bellas de Sevilla / de Vizcaya, de Plasencia, / de Cataluña y Valencia, / de Aragón y de Castilla. / Pero ¿a qué fin una historia / de las bellas he de hacer? / todo el que las quiera ver / que venga en San Juan a Soria. / Y nosotros que ya estamos / de la plaza en los tendidos / o en los palcos embutidos / las funciones describamos.  
            Toros y novillos, son / jueves y viernes lidiados / por varios aficionados / de valor y corazón. / Que en el redondel los ves / presentar al toro el busto / por afición y por gusto / y sin ningún interés. / Afrentando a los toreros / ajustados en cuadrilla / que a la coronada villa / se nos llevan los dineros. / Por poner con poca gracia / las banderillas de fuego / y hacer con la capa luego / varias suertes con desgracia. / Por vestirse de trapajos / del Rastro o del Avapies / con los que salen después / encopetados y majos. / Haciendo fachenda y gala / del tauromáquico arte / y diciendo en cualquier parte / que están en primera escala. / Pero en cuanto al bicho vivo / del chiquero lo han soltado, / escapan como el venado, / a tomar pronto el olivo. / Porque como tienen asco / a los hijos de las vacas / de las vallas no los sacas / por no dar sin duda un chasco. / Pues no son más que unos chulos / que lucen cintas y moñas / como lucen las gazmoñas / y el toro sus cachirulos. / Toreando, en conclusión, / con torpeza y con canguelo / midiendo a veces el suelo / y sacando algún rasgón. / Concluida ya la lid / se encaminan los toreros, / con sus pellejos enteros / o rotos hacia Madrid. / Y otra vez en Maravillas / la tauromaquia ensayando / se van luego acostumbrando / a romperse las costillas.
            El sábado enmaromados / van los novillos corriendo / por las calles ofreciendo / algunos lances variados. / Tropezones y alaridos, / caídas y risotadas, / corridas aceleradas / cabe los toros transidos. / Qué furiosos se revuelven / cuando hierro se les clava, / y echando espumosa baba / pasan, vienen, van y vuelven. / Hasta que algún cachetero / ejerciendo bien su oficio / les hace el grande servicio / de dar el golpe certero. / Así acaba aquel sangriento / suplicio de toros bravos / destrozados por los clavos / y rejonazos sin cuento. / Después hechos varios trozos, / son en caladera guisados, / con otros mil agregados / por la cuadrilla y sus mozos. / Y luego calles cruzando / en la noche de ese día / la gente con alegría / va los Santos visitando. / Que se ostentan adornados / de flores, rosas y cintas / en sus cuadrillas distintas / en casa de los jurados. / Allí la gente bailar / ves con un ardor febril / y la gaita y tamboril / sin tregua alguna sonar. / Y a pesar de aquel bullicio, / y a pesar de las oleadas, / del barullo y las pisadas / de gente de poco juicio. / No se percibe una queja, / ninguna reyerta ves; / hay desorden… pero es / el que al orden se asemeja.
José María Martínez Laseca
(2 de julio de 2016)       

viernes, 27 de mayo de 2016

NORUEGA



                                          Naturaleza en todo su esplendor.
                                          Otra tierra, otro cielo y otra luz.
                                          Relatos de vikingos y de trolls
                                          Ululan por sus fiordos y sus bosques.
                                          Elevadas montañas, nieve eterna,
                                          Glaciares de belleza sin igual
                                          Allí, el viajero errante encontrará.
                                                                   
                                                                       José María Martínez Laseca

                                                                                             (Mayo, 2016)

miércoles, 18 de mayo de 2016

Concha de Marco (1916-1989): un espíritu rebelde

Este año se celebra el centenerario del nacimiento de Concepción Gutiérrez de Marco, literariamente conocida por Concha de Marco: narradora, traductora y ensayista, pero, ante todo, poeta. De la quinta del dramaturgo Antonio Buero Vallejo, el poeta Blas de Otero y el narrador y premio Nobel, Camilo José Cela. Nació el 23 de mayo de 1916 en la misma casa de la plaza de Herradores de Soria que habitaron antes, en 1860, los hermanos Bécquer y en la que después, en 1919, lo hizo quien en 1937 se convertiría en su inseparable compañero, el conocido escritor –historiador y crítico de arte– Juan Antonio Gaya Nuño (Tardelcuende (Soria), 1913-Madrid, 1976). Su familia materna es soriana, mientras que la paterna es de Valladolid.
            Concha de Marco vivió en la ciudad de Soria su primera infancia y con solo 5 años se trasladó a Figueras (Gerona) en cuyo instituto, entre chicos, inició el bachillerato, que concluiría en Madrid, licenciándose en Ciencias Naturales en su Universidad Central. El 2 de enero de 1935 marca la fecha de su decisivo encuentro con J. A. Gaya Nuño. Ambos se decantan a favor de la República y tras perder la guerra incivil del 36, corrieron la desgraciada suerte de los vencidos: depuración y marginación social. Concha impartirá clases particulares y en un colegio de Castuera (Badajoz) para poder alimentar a su familia y auxiliar a su marido preso. Con él compartió su destierro en Bilbao, su primer trabajo en Madrid y su estancia en Barcelona al frente de las Galerías Layetanas, hasta fijar su asentamiento definitivo en la capital de España. En la calle Ibiza, 23 estaba su piso-ermita de refugio, donde vivieron juntos y se amaron y desde donde, como embajadores del arte español, partían a recorrer medio mundo, hasta que murió Juan Antonio, el 6 de julio de 1976. Ella estuvo siempre en su quehacer. Ya viuda, se preocupó de que con su legado bibliográfico y pictórico se constituyera el Centro Cultural Gaya Nuño de Caja Soria, hoy Banco Ceiss de Unicaja.
            Concha de Marco tenía personalidad propia. Agudeza de juicio y una indudable calidad literaria que es preciso recalcar. Es una gran poeta un tanto olvidada. Su producción de poemarios publicados alcanza el número de siete: Hora 0,5 (1966); Diario de la mañana (1967); Acta de Identificación (1969); Congreso en Maldoror (1970); Tarot (1972); Las Hilanderas (1973) y Una noche de invierno (1974). Son libros caracterizados por una bien meditada estructura. Y se advierte en ellos una clara evolución y experimentación en su afán poético. Quedan, además, poemarios inéditos. Como Cantos del compañero muerto, a modo de collage en el que entra todo: la lírica, la épica, la política… Su poesía es limpia, transparente, de palabras precisas, aunque en ella se advierta un hondo palpitar doloroso y metafísico. Una poetisa –así la llamó ella, despectivamente– dijo que su poesía era científica y no le gustó nada. Su lírica es personal y distinta, pues su inspiración sorbe, además de en los clásicos españoles a los que reconoce y no niega, en otras fuentes de poetas extranjeros. De ahí su toque de originalidad. La poesía significa para ella un compromiso absoluto con las condiciones de vida humana en todas sus manifestaciones. Como narradora escribió algunos cuentos en revistas y unas memorias inéditas, como traductora trasvasó al español interesantes monografías de arte y como ensayista publicó La mujer española en el romanticismo (1969). Es también coautora de una Guía de Soria (1970).
             Trabajadora incansable, gustaba de la música clásica y era compañera de la noche y sus fantasmas. Respecto al arte, se confesaba autodidacta: “Por lo visto soy autodidacta. ¿Qué pasa? “Sin despreciar lo extranjero” siempre estudié por libre. Soy huérfana, mi Preceptor ha sido, y es, la Vida; mi Profesor, yo misma, y mi Maestro, lo Sobrenatural.”  Concha de Marco murió en Madrid, el 19 de octubre de 1989. Siempre reivindicó la igualdad entre hombres y mujeres, advirtiendo que estas han quedado excluidas de la historia de la literatura ya “que no tienen generación”. Tal ocurrió con “las sin sombrero”. El espíritu de rebeldía, su afán de independencia, la altura de sus principios, la honestidad de su comportamiento y la valentía que demostró al enfrentar su destino son las virtudes que de ella debemos conservar, toda vez que forman la veta más noble y hermosa de la fuerte personalidad de Concha de Marco.
José María Martínez Laseca*
(18 de mayo de 2016)        
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*Es autor del libro “Concha de Marco en carne y verso (Soria, 1916-Madrid, 1989)”, que ha editado este año el Ayuntamiento de Soria.

sábado, 30 de abril de 2016

Responso por Juan José Peracho Soria

Desde que comenzamos, el año 2013, él, ataviado con su capa castellana y su negra boina, siempre acudió puntual a “La Saturiada”. Nunca supe muy bien si era arévaco o pelendón. Celtíbero, en cualquier caso. De Rioseco de Soria y de mi quinta del 55. Grandote de armario, con otro tanto de alma en su interior. Y cierta ingenuidad de niño. Cual Moncayo, lucía nevada la cumbre. Y barba cana. Vivarachos sus ojos de gorrión, y la mirada atenta. Amplias sus manos, más de mecánico que de mecanógrafo. Los labios de su boca: un mechero dispuesto a prender presto el fuego a la yesca de la conversación.
            Era él quien nos traía las llaves de la ermita. Esas llaves antiguas, enormes, ya de museo etnográfico, de las que otrora abrieran la puerta a las bodegas subterráneas del vino. Las llaves que nos sirven, junto con el sayal y la capilla del santo Saturio, para darle al santero, en el inicio del ceremonial, posesión de su ermita.
            Fue Juan José Peracho para mí río Guadiana. Aparecía y desaparecía, con cierta intermitencia. Cuando coincidíamos, nos tomábamos un café con leche, fuera en el bar Félix o en la Casa Apolonia de la plaza de Herradores. Con sacarina, por supuesto. Porque éramos los dos “der Betis” como solía repetir con ironía.
            La antepenúltima ocasión en que nos vimos, charlamos de temas generales. Pero, sobre todo, de literatura. Pues Peracho sentía la escritura como necesidad, como fundamento de la realidad, mezclando fantasía y verdad. Yo le conté el reciente fallecimiento en Granada del escritor de Ólvega Manuel Villar Raso, al que ambos admirábamos. Él me sustituyó en la presentación de su última novela “Las señoras del Paraná”, aquí, precisamente, en este Casino Amistad-Numancia. Y ello le dio pie para decirme de su pasión por África, la que plasmó en su primer libro “Soria-Sáhara”, tras viajar al desierto. Y me dio la primicia de que “Las Españas perdidas” del olvegueño, que trata de los moriscos expulsados de España en el siglo XVI, le habían dado pié a una nueva empresa narrativa. También me habló, con orgullo, de sus hijos y, con preocupación, de su inestable situación laboral a sus 61 años.
            En la que sería la penúltima, nos habíamos citado un martes, previamente a su encuentro semanal con el club de lectura del Casino. Otro café en la barra del bar. Volvimos a repasar la actualidad soriana. Y buscamos, sin éxito, por los quioscos “El día de Soria”, el nuevo periódico en el que él había escrito la columna de la contraportada.
            Ya la última vez fue cuando, reclamados por la TV local, acudimos algunos de los hermanos a la cueva rupestre de San Saturio a simular La Saturiada. Yo regresé con él a la ciudad, montados en su Rocinante todoterreno.
            Que no hubo tiempo para más. Aquel fatídico lunes 4 de abril, cuando entré en la librería Las Heras, César Millán me soltó a bocajarro la mala nueva: ha muerto Peracho. Me costó digerir ese mal trago. En mi habitual paseo de la tarde pasé por La Barriada y en la calle Teruel vi su Land Rover-Rocinante aparcado. Veloces, pasaron por mi memoria las imágenes de la película compartida. Y llegué a la conclusión de que Peracho era un buen tipo. Por esa humanidad que transpiraba. Y recordé su insistencia en que el pintor Ignacio del Río Chicote hiciera el cartel de La Saturiada 2016 con el mismo formato del año anterior, porque él se había esmerado en montar un soporte de madera para exhibirlo durante el desfile callejero. Tanto todo para nada. Para marcharse después sin avisar y dejarnos a la Hermandad del Santero en la estacada.
            Debo decir aquí que Peracho se mostraba entonces bastante ilusionado con la reedición de su libro “Numancia. El día que no vinieron las golondrinas…”, de cuando se cambió el calendario que rige nuestras vidas. Incomprensiblemente reventó su corazón y los mecánicos galenos no pudieron reparar ese motor que impulsa el flujo vivificante de la sangre por el circuito cerrado de las venas. Y se nos derrumbó su corpulento edificio para siempre.
            Solo se canta, dicen, lo perdido. Solo la ruina es novelable. Aunque yo pienso que, al igual que sucede con el amor, en esa relación entre escritor y lector todo debiera estar consentido, tendente a fin tan bello como es el de extraer el elixir de la verdad destilando las mentiras.
            La gente normal acostumbra a morirse. En nuestra sociedad capitalista y de consumo son de uso corriente las dos sucias monedas de la traición y del olvido. De ahí que nosotros hoy vengamos a lo nuestro, ya que la vida sigue, para no traicionar ese espíritu lúdico y vitalista que te caracterizaba. También te recordaremos al releer tus libros, para que así nunca te nos mueras del todo.
            Con nosotros compartías que “una sociedad que ama la lectura y, por extensión, ama la cultura, es una sociedad fuerte, sobre la cual puedes construir. Es una sociedad mejor, más empática y más justa, más humana y sensible”.
            Porque tú, Juan José Peracho Soria, como escritor que eras, gustabas de la lectura. Pues, como dice Antonio Lucas, “un hombre que lee es un sujeto mejor acabado”. El gran Jorge Luis Borges imaginó que el paraíso sería alguna especie de biblioteca. Tal vez por aquello de la lectura infinita.
            De ser eso así, todos los miembros de la Hermandad del Santero estamos bien seguros de que tú habrás ido a parar a ese cielo.
            Que no te olvidamos. Te queremos, Peracho. Porque hoy, como siempre, habrá tiempo de primavera suficiente para que vuelva a florecer en nuestros corazones esa rosa tan hermosa de la buena amistad.
            (He terminado de escribir estas letras, en mi casa de Soria, la mañana de hoy, 23 de abril, día del libro, 400 años después de la muerte de Cervantes y Shakespeare, fiesta, también, de Castilla y León. Cuando se cumple ya la cuarta edición de nuestra Saturiada. La Saturiada-2016 o el día que no vino Peracho).
José María Martínez Laseca
(“La Saturiada”, 23 de abril de 2016)                

De lo incierto de un sueño, hacia la luz

La vida no observada, no examinada, no vale la pena vivirla, porque no es vida.                                                                                                                                                                             SÓCRATES
1.-El hallazgo imprevisto. Todavía no he llegado a saber si fue sueño o verdad. Yo iba caminando por una playa innominada, justo al borde del agua. Sabido es que experimentamos allí donde tenemos puesta nuestra atención. Somos lo que pensamos y lo que recordamos. Sin pensamiento y sin memoria dejamos de ser personas. Como el mar, nuestros recuerdos se acercan y se van en revuelto oleaje. Absorto en estas cavilaciones, uno de mis pies descalzos tropezó con un objeto semienterrado en la arena. Descubrí una botella, retenida en el tiempo, conteniendo un mensaje para quien, como yo, en algún momento y fruto de la casualidad, pudiera encontrarla. Este era su enigmático texto:  
“Él es verdaderamente un hombre de ninguna parte, / sentado en su tierra de ninguna parte, / haciendo todos sus planes de ninguna parte, para nadie. / No tiene un punto de vista, / no sabe a dónde va, / ¿no es un poco como tú y yo? /(…) / Está completamente ciego, / sólo ve lo que quiere ver…”.
Y pensé en un desesperado náufrago que, desde no se sabe dónde, lanzaba su S.O.S.
2.-En un valle de sombras. Tardé poco en saber que se trataba del fragmento de una canción de Los Beatles (décadas 60 y 70) titulada NOWHERE MAN (HOMBRE DE NINGUNA PARTE). La compuso John Lennon (Liverpool, Inglaterra, 1940-Nueva York, EEUU, 1980), a sus 25 años, en un momento en el que a la banda se le exigía nuevo material para el LP Rubber soul, que se iba a lanzar en la navidad de 1965. Constataba un gran giro en sentido filosófico. Hasta entonces, Los Beatles interpretaban sobre todo canciones de amor, centradas en las muchachas y los sentimientos que estas les suscitaban. Corría el periodo 1962-1965 llamado “Beatlemanía”. Al escuchar "Nowhere man", mis oídos me trasladaron la rara sensación de ser alguien, solo en el inmenso océano, yendo a la deriva. Tratados filosóficos fijaban al hombre contemporáneo en un desasosiego existencial. Como un ser desorientado, conformista, falto de identidad, desarraigado... Muy bien supo captarlo Lennon hace 50 años. Y cabría preguntarse si aquella reflexión de entonces sigue vigente en la actualidad. Si acaso el hombre de hoy ya no es un ser alienado, pues “sabe a dónde va”, “tiene un punto de vista” propio, ve más allá de “lo que quiere ver”, no ha vuelto a hacer sus “planes para nadie” y ha dejado de ser alguien de “ninguna parte”, puesto que también ha cambiado “un poco como tú y yo”.
3.-Un fulgor de esperanza. En el documental “La sal de la tierra” (2014), que gira en torno a la obra del fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado, se sostiene la tesis de que el mal comportamiento humano en muchas de sus facetas: conflictos internacionales, hambrunas, éxodos, masacres, sequías, etc., se antoja incorregible.  Asimismo, la representación teatral “El rinoceronte” (1959) de Eugène Ionesco trata del poder de las muchedumbres que ofrecen tranquilidad y seguridad, comodidad e integración, frente al pensamiento diferente. Partiendo de tales premisas te preguntas: ¿cómo puedes creer en la esperanza? A lo que tú mismo te contestas: ¡mira lo que te rodea, no puedes creer en otra cosa! (Porque necesitamos / alas de mariposas / para poder viajar / de nuestros angustiados corazones / a la felicidad y la alegría).
John Lennon, de otra parte, en su composición IMAGINE (1971) condensa lo mejor de su poética, con lo que se ha convertido en un himno universal de justicia política, donde el goce y los sentimientos individuales puedan tornarse colectivos. Es su sueño utópico por construir un mundo mejor. Y todos nosotros debiéramos acompañar tan hermoso deseo, cantando a coro esta excelsa canción, para, así, hacerlo realidad.
José María Martínez Laseca
(“El expectador expectado”, Palacio de la Audiencia de Soria, enero 2016)