domingo, 25 de junio de 2017

Del 15-J y nuestra transición política

Está dando que hablar. Celebramos ahora los 40 años de las Elecciones Generales del 15 de junio de 1977. Para muchos españoles, supusieron la culminación del tránsito desde la orilla oscura de la dictadura de Franco –tras su muerte en cama, el 20 de noviembre de 1975– hasta la orilla luminosa de la recuperación de la democracia y sus derechos. Los que se plasmarían en la Constitución Española de 1978, puesto que las Cortes que resultaron elegidas eran constituyentes. Ejercitar de nuevo el derecho del voto –desde la última vez que se hizo en febrero de 1936, durante la II República– suponía recuperar nuestra dignidad como personas. Ver cumplido un sueño colectivo. De ahí la enorme alegría vivida, desbordada en riada por las calles en los días precedentes. Con toda su liturgia: de sopa de letras o siglas de los partidos políticos concurrentes, eslóganes, mítines, etc.  Con el “habla pueblo, habla” se vislumbraba ya el horizonte de “una tierra que ponga libertad”.  Se dieron sentimientos encontrados de incertidumbre, miedo y esperanza ante su desenlace. Este supuso una apuesta por la moderación: UCD de Suárez (165 escaños) frente a AP de Fraga (16) y PSOE de González (118) frente al PCE de Carrillo (20). Lo más sorprendente para el mundo: que un país cainita como el nuestro fuera capaz de acometerlo en paz. El desatado y bien desatado se hizo de ley a ley, con el empuje de los reformistas del régimen  y la complicidad de la misma oposición, ante el temor de que se produjera otra guerra civil. Los Procuradores de las Cortes franquistas se hicieron el haraquiri al aprobar la Ley de Reforma Política de 1976, refrendada en referéndum por el 94,2 % del pueblo español. Se levaban así las anclas del pasado. Hubo restauración monárquica con Juan Carlos I, legalización del PCE, amnistía, autonomías, Pactos de la Moncloa… Desde el consenso, sí. Mas, no faltaron intentos desestabilizadores (terrorismo, operación Galaxia, 23-F, etc.). Aun así se ha dicho que en realidad nuestra transición  no concluiría hasta el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea, durante el Gobierno Socialista de Felipe González, el 1 de enero de 1986. Lo cierto es que este espacio de 40 años transcurridos supone el periodo de convivencia  y concordia democrática más largo de nuestra historia. En aras al progreso y a la modernización, que han trasformado aquella España negra  en otra multicolor. Como tan cierta es, también, la fractura generacional abierta entre el 60% del electorado (mayores de 45 años) que la vivieron y la recuerdan, con emoción, en positivo; y el otro 40 % que la conoce solo de oídas y lecturas y que la cuestiona. Porque, tras el 15-M de los indignados en 2011, muchos de los problemas de la política actual (desigualdades sociales, corrupción, cuestión catalana, bipartidismo, ley electoral…) son formateados por los relatos de la transición. Y en esas estamos liados. Hubo, no obstante, un tiempo por aquí, tras los 40 años de soledad y dictadura, en que fue preciso poner su nombre de nuevo a las cosas. Porque estas carecían de él. Y todo ello, con el noble fin de conseguir hacer de España un país tan normal como lo eran los del resto de Europa. 
José María Martínez Laseca
(21 de junio de 2017)

lunes, 8 de mayo de 2017

Sobre lo del cronista oficial de la ciudad de Soria

Hecha pública en los medios de comunicación la propuesta de la Comisión competente a la Alcaldía del Ayuntamiento de Soria para que su Pleno nombre al nuevo Cronista Oficial de la Ciudad de Soria, algunos conocidos se han dirigido a mí, por trascender que era yo el otro aspirante. Lo ideal sería que accedieran al expediente tramitado y pudieran formar mejor su propia opinión. Ante la dificultad de que puedan lograrlo, va aquí mi relato al respecto.
En efecto, incitado por el concejal de C´s, me presenté a dicho cargo (honorífico y sin sueldo) al estar jubilado y dado que, “motu proprio”, desde hace tiempo, vengo escribiendo e investigando sobre temas sorianos y participando en la vida cultural de la ciudad siempre de una manera altruista. Nada perdía por intentarlo. Uno mantiene la expectativa de poder aportar algo a los demás. Lo necesito para vivir y no para tan solo sobrevivir. Tardó en salir la convocatoria desde que se anunciara. Su Reglamento lo recoge el BOP de 20 de julio de 2016.
Presenté mi solicitud acompañada del currículum y memoria exigidos. Pedía, literalmente, “que se especifiquen los méritos que concurren en el candidato, junto con reseñas biográficas y, si las tuviera, bibliográficas.” Y así lo hice. “La instrucción del expediente –decía– se dirigirá a acreditar y valorar los méritos del candidato en cuanto a su obra, actividad y/o conocimiento sobre el municipio de Soria”. Todo se centraba en estos tres pilares. Allí no se incluía otro baremo de evaluación. Acaso con el criterio abierto de buscar el perfil más idóneo de Cronista.
            Podía recurrirse a una Comisión Técnica. Y esta se constituyó con Teresa Valdenebro (concejala del PSOE), presidenta; José Boces (técnico del Ayto.), secretario y Carlos de la Casa (funcionario de la Junta) con Yolanda Martínez (funcionaria de la Diputación), de vocales. Estos dos últimos tenidos por “profesionales independientes con acreditada trayectoria y prestigio en la ciudad y en los diferentes ámbitos de la vida soriana”. Me lo dijeron extraoficialmente y manifesté mi intención de retirarme si su informe era vinculante, pero fue ya demasiado tarde para hacerlo cuando se me contestó.
            Una vez tuve audiencia al expediente (2 de marzo de 2017), supe la puntuación final otorgada y de la actuación de la Comisión Técnica a través de las actas de sus cuatro sesiones. En base a ese conocimiento, mostré mi discrepancia presentando, el 9 de marzo de 2017, en el Registro del Ayuntamiento un escrito de 7 páginas con mis ALEGACIONES –las que entregué también a todos los Grupos políticos– centradas en estas cuatro argumentaciones lógico-deductivas, que sintetizo:
            La primera, cuestionando la independencia y neutralidad de los vocales de la Comisión Técnica. En concreto de Carlos de la Casa, dada su estrecha relación con el otro aspirante, por lo que debiera haberse autoexcluido para no ser juez y parte. La Ley 40/2015 de 1 de octubre de Régimen Jurídico del Sector Público, art. 23.1 y apartado 2, C, advierte claramente que deberán abstenerse de intervenir en el procedimiento y apartarse del mismo, entre otros casos, en el supuesto de “amistad íntima”, como entiendo que se da aquí, puesto que “en Soria nos conocemos todos” y se podía,  además, colegir de los datos aportados en el currículum del otro aspirante.
            La segunda, tan importante o aún más que la anterior, se centra en la irregularidad del establecimiento de un baremo de valoración sobrevenido, toda vez que este no se hizo público en la convocatoria del BOP ya citado. Y, además, con la anomalía añadida de que dicho baremo se elabora una vez conocidos los “curriculum vitae” aportados por los candidatos. Por lo que no es difícil pensar que el traje se hace a la medida de uno de ellos. Resulta muy llamativo en tal sentido que la prioridad se centre, casi exclusivamente en la bibliografía de Soria, relegándose sutilmente, o minusvalorándose otros aspectos de “obra, actividad y/o conocimiento sobre el municipio de Soria”, cono se recogía en el propio Reglamento del Cronista. Ocurre así con mis iniciativas de “La Saturiada” y de “Un soneto para Soria”. Mi beca del Centro de Estudios Sorianos para investigar sobre la Real Sociedad Económica Numantina de Amigos del País de Soria, para la Historia de Soria de J. A. Pérez-Rioja, a lo largo de todo un año (1982-83), se equipara en puntuación a un artículo publicado en una revista divulgativa (= 0,25 puntos). E, incluso, la singularidad de mis dos blogs en Internet queda astutamente anulada.
            La tercera resalta lo paradójico que resulta la “Valoración actividades profesionales”, pues “considerando que ambos candidatos presentan una trayectoria profesional similar –son funcionarios técnicos del grupo A1 de la Administración, profesores de la UNED, han desempeñado puestos de carácter político (…)”, las diferencias que se dan en cuanto a antigüedad docente en la UNED y desempeño del cargo de Diputado Nacional por Soria, manifiestamente a mi favor, se desautorizan con descaro. 
            Y en la cuarta y última se  entresacan algunas de las valoraciones erróneas de la Comisión Técnica que, aun por pequeñas que estas sean, siempre favorecen a la otra parte y  a mí me perjudican.  
             En la aplicación correctora de su tabla de evaluación, que yo realizo en mis alegaciones, utilizando su misma vara de medir, le doy la vuelta al resultado, con lo que pongo de manifiesto que, tras la apariencia de verdad técnica asociada a las cifras o los números, puede en realidad ocultarse una falta del debido rigor en su aplicación. Son hechos y no opiniones. También añado allí que tampoco se han tenido en cuenta por la susodicha Comisión Técnica otro tipo de aspectos cualitativos (en consonancia con la filosofía del Reglamento del Cronista) como pudieran ser los referidos a la propia presentación de los currículum vitae y memoria, disponibilidad de tiempo para el ejercicio del cargo, valores que se fomentan y promueven, creatividad, incardinación de acciones dentro de un proyecto para la promoción exterior de la ciudad, etc.
            A día de hoy, nada se me ha contestado a mis alegaciones. Yo me enteré por la radio de la decisión adoptada, en la entrevista realizada en la SER a la Concejala Delegada Teresa Valdenebro. Y entendiendo que, como indican los clásicos, es del contraste de pareceres de donde brota la luz, hago público este escrito, que muy bien pudiera servir a la vez de aclaración y respuesta a cuántos me preguntan por la calle sobre el caso.
            Y quedad tranquilos, porque, a fin de cuentas, lo más importante para mí es que nadie podrá arrebatarme nunca este resquicio de la escritura donde uno resiste, piensa libremente y trata de llenarse de dignidad. 
José María Martínez Laseca
(25 de abril de 2017)

domingo, 30 de abril de 2017

Un día cualquiera (o de la obsolescencia programada)

“El hombre es un ser hacia la muerte”
MARTÍN HEIDEGGER

Hay muchos artefactos fabricados a imagen y semejanza de la luminosa idea de aquel que los diseñó, por si alguien los pensara surgidos de la nada. El hombre se las ingenia y los conforma en su estructura y su carcasa cual delicados mecanismos, de acuerdo con su cometido o los servicios a prestar. Y, si es preciso, les insufla alguna inteligencia artificial. De ahí que a los productos más sofisticados tecnológicamente se les note una cierta ansiedad.

            Ellos no han cometido ningún pecado original y, sin embargo, como si fueran vulgares malhechores, se verán expulsados también del paraíso. Hechos para tirar. Porque el monstruo voraz del sistema capitalista impone su más salvaje ley del comprar-tirar-comprar para que siga en marcha la cadena de producción infinita, que es la que le da sentido y lo sustenta. De este modo, el círculo vicioso de la oferta y la demanda, en aras al progreso, exige el sacrificio de tales aparatos electrónicos, que llevan planificada de forma deliberada, desde su mismo diseño, su fecha de caducidad o finiquito de su vida útil. Con escasa reutilización o reciclaje.  

            Que todo se hace por incrementar la adición al consumo en un mundo pretendidamente feliz como el actual. Donde se da preferencia al tener sobre el ser. Al tanto tienes, tanto vales. A los consumidores frente a los ciudadanos. En lugar de indagar cuánto hay de verdadero en la expresión: no es más rico quien más tiene, sino quien memos necesita. Porque los hombres mueren y no son felices, como advirtió Albert Camus. Sin que tampoco parezca que importe lo más mínimo la enorme utilización de recursos cada vez más limitados. Ni las nocivas consecuencias que de ello se derivan para el medio ambiente y para la existencia misma de todo tipo de vida sobre el planeta tierra. ¿Hasta cuándo seguirá impasible todo esto? Alguna vez ¿surgirán -como pretendía Ángel González- otras formas limpias, puras, libres acaso para siempre del estigma fatal de la chatarra?

            Los animales mueren, pero no lo saben, y otro tanto les sucede a las plantas.  Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque ésa ya no siente, cantó Rubén Darío. Porque saber que va a morir es únicamente prerrogativa humana. Aunque desconozcamos si el camino será largo o corto.  

            Según se lee en los libros, somos nosotros los hombres un mero capricho de los dioses, puesto que nos hicieron a su imagen y semejanza, como seres efímeros. Cual cometas fugaces. Conscientes de que nos enfrentamos a la muerte. No ha de extrañar por eso que se nos niegue la luz  en un día cualquiera.

 José María Martínez Laseca
(26 de abril de 2017)

miércoles, 1 de marzo de 2017

Sobre el poemario Es-co-gi-dos

Este pasado viernes 24 de febrero, pude participar en sala del Aquárium Donostia de San Sebastián en la presentación del nuevo libro de la poeta, compositora musical y acreditada pianista, Maricruz Galatas. Se trata de “Es-co-gi-dos, Antología poética 1992-2016)”, un poemario bellamente editado por Gráficas Lorea, bajo el diseño del Estudio Lanzagorta.     Por lo que la tarde que nos juntó a un grupo de amigos de la autora resultó muy especial, gozosa para toda la concurrencia, ya que no se prodigan mucho, en tiempos como los que corren,  bautizos de este cariz cultural.
            En consecuencia, acudimos allí para hablar de poesía. Y en lo que a mí respecta, pese a que me dieran el uso de la palabra, tildándome de experto en tales lides,  sentí tener que defraudarles al decirles que me resultaba imposible definir lo que es la poesía. “Poesía eres tú”, dijo Bécquer teniendo por destinataria a una mujer. A lo que, desde la parte receptora, le responderían: “Poesía soy yo” (mediante una antología de poemas escritos por mujeres en el siglo XX, para empezar a saldar así la cuenta con Ellas largamente contraída). Y aún añadí que, tampoco me satisfacían plenamente ninguna de las numerosas aproximaciones ¿clarificadoras? que había podido encontrar puestas en boca de muy ilustres creadores o críticos literarios.
            Puesto que en eso que todos llamamos y tenemos por  poesía se advierte siempre un cierto halo de misterio. Como en la contemplación de las mismas estrellas que coronan la bóveda celeste o, más aún, de la impactante luna preñada de oro en el centro de la noche oscura. Tanto como en el enigma mismo de vivir.
            Porque, frente a otras ciencias, lo que la poesía hace es revelarnos algo  esclarecérnoslo mediante imágenes y metáforas. De ahí que constituya esa joya preciosa fraguada con la paciencia exquisita de la misma perla en el vientre de la ostra. Como una estalagmita gota a gota forjada. Esa poesía, siempre tan necesaria. Cual alimento para matar el hambre. “Como el aire que exigimos trece veces por minuto”, en palabras  del inconmensurable poeta vasco Gabriel Celaya.
            Porque, quizás, ahora más que nunca, todos nosotros necesitemos cargar nuestras mochilas de ilusiones. Con la esperanza de un mejor futuro. Máxime en esta sociedad egoísta e insensible, con el sombrío panorama de crisis de valores y de tantos desfalcos en lo público, que ensanchan hasta lo insoportable las desigualdades entre las personas.
            En verdad que a mí me gusta la poesía sencilla, pura y cristalina. Sabiamente tejida con esa inteligencia que halla el nombre preciso de las cosas, según  pretendía Juan Ramón Jiménez. Cual un suspirillo, la prefiero. Con el primoroso encanto de nuestra lírica tradicional. Como en esta letrilla sacada de una danza de paloteo (o de espadas) de San Leonardo, entonada a ritmo de dulzaina y tamboril y, como en una rogativa, reclamando la lluvia al insistir: “Fuentecita, mana y mana / y cogeré. / Que está esperando mi amor / y tardaré”.
            Similar en su síntesis de puño apretado a la plasmada en este Haikou, ya culto, de Mario Benedetti, en acertado ariete contra nuestro absurdo engreimiento o nuestra soberbia desmedida: “La mariposa / recordará por siempre / que fue gusano”.
            De aquí que, frente a la autocomplacencia, yo apueste por el temblor de la duda como mejor camino del conocimiento. En la convicción de que la grandeza se encuentra en medio de la tempestad, cual advirtiera Heidegger que sabía de nuestro precario equilibrio (pues somos caducos cual hoja del nogal) al apreciar la angustia de la muerte como un ingrediente básico de nuestras vidas. El mismo Heidegger que identificó la lengua como la casa de la verdad del ser, pues solo concebía el mundo humano en clave de lenguaje.
            Cuando un  niño se cae y se hiere en su piel, su madre le recita este remedio: “Cúrate, / cúrate sana, / anca de rana. / Si no te curas hoy, / te curarás mañana”.   Desconozco, les dije, si la poesía resulta sanadora contra los dolores de cabeza o los remordimientos de conciencia. Pues los peores males son: soledad y pensamiento. “Escribo muchas veces –dijo cierta poeta– para sanar las heridas o para reconciliarme con el mundo”. En todo caso, entiendo que es también cuestión de fe. Por lo que frente a los muchos que acostumbran a croar como ranas a través de las redes sociales: yo, señoras y señores, debo confesarles que sí que creo (de crear y de creer) firmemente en el efecto benéfico de la poesía.
            Puesto que, como advertía mi paisana la poeta Concha de Marco: comprendo que el más alto escalón en lo que respecta al pensamiento humano es el de la poesía. Eso de que en pocas palabras consiga reflejar un estado de ánimo profundo y con él el personaje que lo soporta y siente es una cosa única.
            A fin de cuentas, una poesía que fortalezca a los demás y nos haga sentir el placer de lo que dura, de lo que en el recuerdo no se rompe y perdura.
            Vuele, por ello,  la poesía, cual mariposa, que despliega sus alas multicolores al sol y al viento. Sirviéndose, en su caso, de palabras que nos hablan, nos interpelan y nos emocionan. Que nos trasladan al fondo del espejo.
            Y es que música y poesía, poesía y música son algo que necesita Maricruz Galatas manipular constantemente en su trama y urdimbre. Cual hilandera hacendosa para redondear su partitura o entretejer  sus poemas.  Tanto como el soñar.            
            Tratando de calmar esa insaciable sed del ser de su existencia.
José María Martínez Laseca
(1 de marzo de 2017) 

martes, 28 de febrero de 2017

Subir al alto espino, donde está su tierra

Todos los años, cuando llega una fecha tan señalada como la del 22 de febrero [día en que falleció en el exilio el gran poeta español Antonio Machado, aquel 1939 del final de la guerra incivil, en Collioure (Francia)], un grupo de alumnos del Instituto que hoy lleva su nombre, dado que fue  su catedrático de francés, entre 1907-1912, acompañados de sus profesores, ascienden, saliendo desde sus aulas,  a visitar la tumba de Leonor en el alto Espino. “¿Qué es en Soria El Espino?”, dice J. A. Gaya Nuño en “El Santero de San Saturio” que le han preguntado muchos a quienes escapaba este triste epílogo del poeta en Soria. “Y cuando les aclaraba no ser sino el cementerio, me miraban con respeto, como si los sorianos poseyéramos toda la clave secreta de la poesía de Antonio Machado”. Es claramente, pues, el cementerio del Espino punto de la memorable convergencia: Machado-Leonor. Tal como se recoge en la lápida de mármol blanco que reza: “D.E.P. Doña Leonor Izquierdo de Machado. 1º de agosto-1912. A LEONOR, ANTONIO”. En su recuerdo, por tanto, con agradecimiento sincero y sumo recogimiento, se produce este emotivo ceremonial. Un acto entrañable donde los haya, de sencilla diafanidad como su misma poesía, tan cristalina. Todo consiste en una ofrenda floral y en el recitado por parte de los chavales de algunos de sus poemas más representativos, como si de un rito de iniciación se tratara.
Ya lo advirtió Gerardo Diego: la estancia de Antonio Machado en Soria comporta  un capítulo, que es casi la biografía entera de un hombre. “Cinco años en la tierra de Soria –recordaría el poeta– hoy para mi sagrada –allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba– orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano.” Todo es  intensamente vivido. Tremendamente acelerado. Llegada del profesor-poeta en 1907 al Instituto y flechazo de amor apenas ver a la joven Leonor Izquierdo Cuevas. Noviazgo corto y boda el 30 de julio de 1909 en la iglesia de Santa María La Mayor. Breve tiempo de felicidad y dicha culminado con el viaje, casi de luna de miel, a París. Pero todo se precipita de repente tras la hemotisis brutal de Leonor el 14 de julio de 1911. Regreso a Soria y compás de espera. Manuel Hilario Ayuso propone, como mejor homenaje al poeta, se le envíen flores a su esposa enferma, siendo José María Palacio quien se convierta en ejecutor de la idea para quien considera “poeta del Dolor y mi hermano mayor en espíritu”. Pese al conjuro de Machado con su poema de esperanza “A un olmo seco”, deseando el milagro de la primavera, Leonor fallece. Y Antonio, cansado, triste y viudo marchará a Baeza. Desde allí,  escribirá al buen amigo Palacio pidiéndole el favor de que: “Con los primeros lirios / y las primeras rosas de las huertas, / en una tarde azul / sube al Espino, / al alto Espino donde está su tierra.”
Con Machado ausente de Soria hubo muchos intentos de homenajearle, que a lo más que llegaron, como dice José Tudela, fue a reunirse un grupo de amigos y admiradores junto a la tumba de Leonor a depositar unas flores y a rezar una oración. Hasta que, por fin, se consigue el regreso de Machado a recoger su título de hijo adoptivo de la ciudad de Soria el 5 de octubre de 1932. Era cuando la segunda República. Ricardo Gullón en su artículo: “Soria, 1933” recordaba: “Subir al Espino, donde está su tierra, era el rito practicado para cumplir deseos del ausente: seis, ocho veces, participé en la ceremonia con José Antonio Maravall, Ildefonso-Manuel Gil, Manuel de Vicente Tutor, Juan Antonio Gaya Nuño, Bernabé Herrero. La liturgia apenas variaba: rememoración de Leonor y recitado de algún poema de Antonio. La voz recia de Gaya Nuño todavía suena potente en el oído interior y, aún más, la de Bernabé, delicada voz de poeta recordando a la azucena tronchada: “Una noche de verano la muerte en mi casa entró… mi niña quedó tranquila, dolido mi corazón”.
            Tras el triunfo de los facciosos y la consiguiente dictadura franquista vinieron tiempos oscuros para el poeta. El 5 de mayo de 1941, Antonio Machado fue expulsado post mórtem del cuerpo de catedráticos de Instituto. (Para que fuera rehabilitado como profesor del instituto Cervantes de Madrid, hubo de esperarse a la orden ministerial de un gobierno democrático en 1981). Paradójicamente comenzaron reivindicaciones del poeta desde la falange, como la temprana de Dionisio Ridruejo en 1942. En febrero de 1959, con motivo del 20 aniversario de su muerte, se le rindió al poeta un homenaje internacional en Collioure, ante su tumba por los movimientos progresistas. Lo que tuvo su inmediata réplica aquí en Soria con un contra-homenaje oficial, como nos recuerda Jesús Rubio Jiménez al entresacar de la primera página de “Campo Soriano” de 24 de febrero estas palabras: “La ciudad translúcida de Soria, religiosa y militar, ascética y poética, fue el más idóneo escenario para rendir un homenaje “nacional” al poeta “universal” Antonio Machado”.
            Aún hay más. Durante el año 1966, mientras se prohibía el homenaje popular al poeta en Baeza, aquí en Soria, el ministro Manuel Fraga Iribarne, inauguraría el parador de turismo en la cumbre del Castillo con el nombre de Antonio Machado y unos cuantos poetas afectos al régimen le tributaban una corona poética tejida con sus propios versos.
            En este contexto, un año después, en 1967, alumnos y alumnas del todavía único Instituto de la provincia, impulsados por algunos de sus catedráticos profesores como Félix Herrero Salgado (de lengua castellana y literatura) y Juan José Ruiz Cuevas (de filosofía) retomaron aquella ascensión ritual al alto Espino para leer los versos del poeta y depositar un ramo de flores ante la tumba de Leonor. Porque aquella semilla, echada en tierra fértil tiempo atrás, no había muerto y se quedó enquistada.  Para volver a germinar como las blancas flores de los madrugadores almendros que nos anticipan la llegada de la primavera tarda a las tierras altas de Soria.
            Todo en honor de nuestro mejor poeta cantor, que, al decir de Max Aub en su “Manual de Historia de la literatura Española”, responde al conocido silogismo de que: si Unamuno representa “un modo de sentir” y Ortega y Gasset “un modo de sentir”; Antonio Machado simboliza “un modo de ser”. Y en dicho modo de ser caben a un tiempo: “la estirpe romántica, la sencilla bondad, el rigor intelectual y la sincera melancolía”.
José María Martínez Laseca
(25 de febrero de 2017) 

El profesor-poeta Machado a los 110 años de su llegada a Soria (y 2)

Pero su instancia –Madrid, 2 de septiembre de 1908– para opositar a la cátedra  del Instituto de San Isidro de Madrid  no sale adelante, lo que resultaría decisivo para su noviazgo con la joven Leonor –la hija de sus nuevos pupileros de la calle Estudios, 7– y que  culminaría con su boda el día 30 de julio de 1909, en la Iglesia de Santa María La Mayor.  
            Choca que, en su estado de felicidad conyugal, Machado cursara nueva instancia –Soria, 24 de septiembre de1910– para acceder ahora a la cátedra del Instituto de Barcelona. Su intento volvió a resultar fallido.
            Mejor suerte tuvo en su deseo de regresar a París, porque la Junta para Ampliación de Estudios le concedió una beca, el 18 de diciembre de 1910, para completar sus estudios de formación en Filología francesa. Así, a primeros de enero de 1911, Machado viajó a la capital francesa con su esposa Leonor Izquierdo Cuevas.
            En el Colegio de Francia acudió a los cursos impartidos, decantándose más por las clases de filosofía de Henri Bergson que por el magisterio filológico de Joseph Bédier. La repentina enfermedad de Leonor, el 14 de julio, le obligará a regresar deprisa a Soria, en busca del clima seco del altiplano, más saludable para su esposa.
            Todo será en vano, ya que Leonor fallece en la noche del 1 de agosto de 1912. Por lo que Antonio Machado, dolorido,  huye de Soria junto a su madre. 
Un modo característico de enseñar. El propio Machado confesaba en su “Biografía” de 1913: “No tengo vocación de maestro y mucho menos de Catedrático. Procuro, no obstante, cumplir con mi deber”. Esto ha trasmitido su imagen de profesor indulgente.     
Empero, Mariano Granados Aguirre  –alumno suyo en Soria– recordaba con agrado su vivencia de iniciación en el idioma nuevo, pasándole inadvertida la dureza de la gramática. Cuando la voz de Machado vibraba recitando en el silencio de la clase, el recogimiento de los escolares, su atención emocionada, tenía un poco de unción religiosa.
Su modo de enseñar, aprendido en la Institución Libre de Enseñanza, era el socrático; el diálogo sencillo y persuasivo. Estimulaba el alma de sus alumnos para que la ciencia fuese pensada, vivida por ellos mismos.
            Mucho de eso se advierte, cuando, con motivo de la apertura del curso escolar 1910/1911, pronuncia su célebre discurso en homenaje al filósofo krausista Antonio Pérez de la Mata. Sobre todo, cuando al final se dirige a los estudiantes allí presentes y les dice entre otras cosas:
            “Preciso es que os aprestéis por el trabajo y la cultura a aportar (…) la obra de vida de vuestras manos”. “En vuestros combates no empleéis sino las armas de la ciencia, que son las más fuertes, las armas de la cultura que son las armas del amor”. “Respetad a las personas, (…), mas colocad por encima de las personas los valores espirituales”. “Que vuestros sesos os sirvan para el uso a que están destinados”. “Aprended a distinguir los valores falsos de los verdaderos y el mérito real de las personas bajo toda suerte de disfraces. Un hombre mal vestido, pobre y desdeñado puede ser un sabio, un héroe, un santo; el birrete de un catedrático puede ocultar el cráneo de un imbécil”. “Estimad a los hombres por lo que son, no por lo que parecen”.
            Para concluir:
            “Amad el trabajo y conquistad por él la confianza en vosotros mismos, para que llegue un día, después de largos años, en que vuestros nombres también merezcan recordarse”.
Como su Juan de Mairena, pretendía ante todo cambiar la mentalidad escolar, desarrollando el espíritu crítico de los alumnos y la indagación personal. El maestro para Machado debía ser a la vez maestro y discípulo, puesto que enseñar y aprender son dos nociones complementarias. Bien sabía que el problema de España era de educación y por eso trabajó con denuedo para regenerar su país.
            El milagro del poeta. Antes que profesor, Antonio Machado era poeta. Todo un clásico desde su primer libro Soledades (1903). Pese a su condición de hombre cosmopolita, Soria le cautivó. Lo corrobora su poema “Orillas del Duero” (IX) incluido apresuradamente en la edición de Soledades. Galerías. Otros poemas (1907).
            Quiso el destino que los dos se encontraran. Soria aportó al poeta el sosiego necesario y el observatorio adecuado para hallar la esencia del alma española. Con la joven Leonor gozó la dicha del amor y padeció la desgracia de perderla temprano. Antonio, agradecido, entregó a Soria su poemario Campos de Castilla (1912) que supone la mejor ofrenda de un poeta andaluz a la Castilla materna.
            Desde entonces, las tierras del Alto Duero se han convertido en el ámbito machadiano poéticamente trascendido por antonomasia. Y su ciudad en memorable: “Soria, ciudad castellana / ¡tan bella! bajo la luna.” Que este fue el milagro del poeta Antonio Machado, al que todos nosotros estamos recordando 110 años después de su llegada como catedrático de Francés al entonces único Instituto de Soria, el que hoy ostenta su nombre con orgullo.
            Antonio: " Pocos alumnos tienes en tu clase / de francés. Te miran como a un extraño / si pronuncias la lengua de Corneille / y de Molière, con tu deje andaluz. (…).
            Ellos escuchan tus palabras gratas  /  como lluvia al caer tras los cristales. / Sintiendo la madera del pupitre  /  clavárseles sobre sus tiernas carnes. / Pasmados de que en Francia, tan lejana,  /  los niños supiesen hablar francés".
José María Martínez Laseca
(21 de febrero de 2017)                    
  

El profesor-poeta Machado a los 110 años de su llegada a Soria (1)

Dice la poeta soriana Concha de Marco:
            “Antonio, corazón de tu pueblo, ahora / a todos se les llena la boca con tu nombre / las revistas imprimen exclusivas, / se publican costosos libros de homenaje, / los extranjeros te conocen, ya es proeza, / te desgarran para esgrimir una bandera / partidarios de todos los colores. / Pero pocos han ascendido los caminos de nuestra tierra gris, / sus lomos de elefante descansando a la orilla del río  / en el espejo de la tarde”.
            Que mucho se ha escrito de Antonio Machado (Sevilla, 26-julio-1875–Collioure, 22-febreri-1939) como poeta y poco de su faceta humana de docente. De catedrático de francés ejerció durante toda su vida activa por los Institutos de Soria, Baeza, Segovia y Madrid, sucesivamente.
            Incluso, impartió clases gratuitas en la Escuela de Artes y Oficios de los Obreros de Soria; actuó como profesor sustituto de Lengua y Literatura Castellana y se implicó en la Universidad Popular de Segovia. Además se involucró en la tarea educadora de las Misiones Pedagógicas durante la Segunda República y hasta se desdobló en uno de sus más acreditados apócrifos, Juan de Mairena, que también era profesor, bien que de gimnasia y retórica.
            El largo camino de las oposiciones.      La difícil situación económica familiar –fallecidos el padre y el abuelo– obligó al poeta de Soledades, cumplidos los 30 años, a buscar empleo. Animado por Francisco Giner de los Ríos y Miguel de Unamuno, Antonio opositó a cátedras de francés de Segunda Enseñanza, para lo que no se requería licenciatura, ya que manejaba el idioma aprendido en sus estancias en París, durante 1899 y 1902.
            El proceso, efectuado en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, se prolongó más de 19 meses, desde su anuncio en la Gaceta de 1º de agosto de 1905. A ellas concurrieron 126 aspirantes para cubrir las 7 vacantes, pero al llamamiento de 8 de marzo de 1906 sólo se presentaron 40. Presidía el tribunal Eugenio Sellés, eran vocales: Fernando Araujo, Antonio Gaspar, José M. Castilla y Julio Cejador y el secretario Agustín Carrera. En enero de 1907 Machado inicia las pruebas explicando la Lección 22 sobre los verbos franceses.
            Después desarrolló el tema de “El teatro como medio educativo”; tradujo del español al francés de la obra clásica “La perfecta casada”; leyó sus trabajos escritos; dio una clase práctica ante un grupo de alumnos y realizó la crítica a los trabajos de otros candidatos. Por fin, el día 5 de abril se convocó a los 7 opositores aprobados para la elección de cátedras; Machado, con el número 5, entre las de Soria, Baeza y Mahón que le quedaban, eligió la de Soria.
            Catedrático de francés: Soria, su primer destino. La Gaceta de Madrid de 20 de abril de 1907 publicaba la Real Orden, con fecha de 16, de su nombramiento y el bisemanario local Tierra Soriana del día 25 lo recogía: “Ha sido nombrado por oposición Catedrático numerario de la clase de francés, Don Antonio Machado Ruiz”. Hubo que esperar al 1 de mayo para que se trasladara a la ciudad castellana.
            Desde Madrid, el tren lo condujo a Torralba del Moral y, efectuado el trasbordo, continuó el largo viaje hasta llegar a la estación de San Francisco de Soria.  En la recoleta ciudad se alojó en una higiénica casa de huéspedes del Collado, 50. Desde aquí se acercó al Instituto General y Técnico para tomar posesión de su cargo ante el director Gregorio Martínez, como certificó el secretario Miguel Liso y Torres, si bien pospuso su incorporación a los exámenes extraordinarios de septiembre.
            Las actas del claustro de profesores confirman la presencia de Machado en la sesión de 28 de septiembre, donde se acuerda “dar buen informe en las instancias presentadas por los tres [profesores] Machado, Cabrerizo y Liso, solicitando del Ilmo. Señor Rector de la Universidad de Zaragoza, autorización para dedicarse a enseñanzas distintas del Bachillerato”.
            Así pues, el 1º de octubre, con la apertura del año académico 1907-1908, Antonio Machado se incorporaba de lleno a las tareas docentes, impartiendo los dos cursos de lengua francesa e interviniendo en los tribunales examinadores de ingreso y de libres, tanto de bachillerato como del magisterio. En este primer curso va a contar Machado con un total de siete alumnos oficiales, de los que una tan sólo es mujer. Ocho serán los asistentes a las clases de segundo curso figuran­do, asimismo, entre ellos, únicamente una alumna.
La seguridad que le da tener un trabajo fijo –ya que la poesía no daba ni para la necesaria comida– le llevará a reafirmar su posición de crecida autoestima en estos versos de su conocido “Retrato” (XCVII):
            “Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. / A mi trabajo acudo, con mi dinero pago / el traje que me cubre y la mansión que habito, / el pan que me alimenta y el lecho donde yago”.
            No pareció resultarle muy grata esta inicial etapa de su estancia al profesor-poeta en la nueva ciudad. Ello, pese a habérsele notificado en el claustro de 28 de marzo de 1908 el nombramiento de Vicedirector, del que toma posesión el 14 de abril. Así se deduce de la carta remitida a Rubén Darío a inicios del mes de octubre de 1908, cuando le confiesa:
            “Yo estoy en Soria, vieja ciudad de Castilla, donde me trajeron mis pecados desempeñando la cátedra de Francés; pero quiero hacer una nueva oposición a la cátedra de Madrid, que permutaré, Dios mediante, con la de Sevilla”.
José María Martínez Laseca
(18 de febrero de 2017)