jueves, 17 de agosto de 2017

Concha de Marco: Cantos del compañero muerto (2)

 Continúa aquí la segunda entrega del poemario de la poeta soriana Concha de Marco,    con el que afrontó la enfermedad y muerte de su amado compañero Juan Antonio Gaya Nuño. Ella sola, a su lado, en mitad de la noche, mientras él agoniza. Y en nuestro afán por darle contexto aportamos esta fotografía fechada en agosto de 1975 y situada en el jardín de un mesón de Santillana del Mar (Santander). De izquierda a derecha aparecen Concha de Marco, Julián Gállego y Juan Antonio Gaya Nuño. Este, como nos recordaba Concha de Marco: “…tiene la tristeza de la persona que sabe que va a morir pronto”. La fotografía, esa otra categoría de arte, nos constata así, en su instantánea, una realidad inmediata.

………………..

            “Prohibido permitirme el menor despilfarro emocional, he de velar sobre la gran muralla y morir en un lejano otoño, cuando quemen rastrojos. Valoro mi vejez, que ya se configura en el espejo, con todo el esplendor de mundos interiores. Quien piense lo contrario, que tire la primera piedra.

            Qué le pasó a ese álamo, en la otra orilla de San Juan de Duero, qué le pasó a ese álamo, enhiesto todavía, pero desnudo de hojas en el pleno verano. El río mansamente entre los juncos pasa y refleja su osamenta gris, las algas fluctuando su ahogada caballera en la corriente. Álamo seco de San Juan de Duero, álamo mudo entre el bullicio de sus compañeros, ya no escuchará más la canción de su viento llevada por los pájaros.

          En cuanto a mí, secreta en mi silencio, doy los buenos días, sonrío, me burlo de la unidad estilística y pienso que lo peor he de sufrirlo sola. Y la mente se obstina en los detalles que forman la cultura de un poeta, para huir de la locura, en este enfrentamiento con la muerte, la más austera de las reali­dades.

           Ay del pescador en la galerna por más que el bienestar le aguarde en casa, y al errante holandés siempre en el mar, las aguas penetraron hasta el alma. Si tan solo pudiera desde lejos oír o recordar mi música insolvente. Tengo que concentrarme, debo hallar la mínima ilación de pensamiento, debo pensar en qué voy a pensar. Sólo residuos de recuerdos, imágenes inertes van bruñendo los bordes del hastío, un vacilante viento que sopla en los adentros donde caducos cántaros capturan el caudal de mí sustancia, dejando abandonada la vaina corroída de mi naturaleza. Superfluos sentidos, ciegas formas, dócil planta del pie ya casi inerte para andar los caminos que se ofrecían varios.

           Y yo respirándole boca a boca dormido; se me va, se me va yendo lentamente, cada vez es más triste su mirada, no sé si estoy viviendo un mal sueño.

          Quién es aquel hombre que viene de lejos, su oscura silueta contra el horizonte, quién es aquel hombre. Nevando, nevando está en el castillo, sobre el río, en un árbol escondido canta un pájaro, mirándome suplicante un perro pasa, pobre, viejo, feo y gris, nevando, quién es aquel hombre. En la rama de una acacia, junto a la última hoja seca del verano un botón de primavera, abajo el río se riza. Quién es aquel hombre que viene hacia mí, quién es aquel hombre.

           Y cómo duele todo lo existido, la luz ociosa, la crueldad del triste, los ecos rotos sobre las ventanas. Abandonó ciuda­des de la niñez, el frescor vegetal de la fuente que nunca exis­tió, el canto arrogante y resuelto, las olas dibujando contornos aurorales. Consagrada identidad entera cuánto cuestas; sumerge a lo que interroga un fantasma severo, polvo y tierra del hombre, polvo húmedo, orígenes, sucesos, sustancias primordiales, algo vaciado en fraguas ocultas de la entraña, inhóspitas constelaciones, delfines prisioneros en la redoma estrecha, cuánto andrajo de seda, cuánta herrumbre de oro, cuánta nota deshecha, descom­puesta en amargos sonidos triturados, excavadoras de ruinas, minas a cielo abierto de ceniza, montes sobre catedrales y palacios, nuevos y dolorosos nacimientos a la muerte, con placentas inscritas en matrices difuntas.

            Déjame respirar hondamente, hondamente, el perfume de tu cabellera, y hundir en ella mi infortunio, mis vicios de honesti­dad en mundo corrompido. Es necesario resistir aún más, hasta que en los estantes no quden libros, ni un solo cuadro, ni pueda escucharse música, ni haya caudal preciso para alimentar pájaros, mientras algunas veces, a la hora del periódico me seguirás diciendo:  lo peor no lo hemos visto todavía.

            Señor fiscal: El motivo de mi vivir es ser mi propia y exclusiva fatiga, la condena señalada como levadura del espíritu, la miserable y áspera materia que fermenta a lo largo de mis horas, el dilatado hastío fulgurantemente roto (en ocasiones infrecuentes). Imágenes caducas laten aún en el huésped de mi cuerpo, como hojas de un álbum donde anotamos algo, un teléfono, una dirección que nunca vuelven a mirarse. Cansancio de mí misma, desaliento absoluto con nombre de mujer, amargo encuentro del espacio y del tiempo, ecuación que jamás podré solucionar con racionales métodos, acaso él sí, en su campo de exterminio, como el que estuviera despidiendo de mí, y me valora lenta, pausada, definitivamente.

            He de pintar de blanco el techo ennegrecido para el regreso a casa, amor mío, toda la tarde pensando en tí, no lo niegues. He guardado en el desván los abrigos del invierno, las botas de lluvia, la bufanda encarnada, qué dolor inservible.
La ropa se ha quedado ancha, en Polonia, en Hungría, en Alemania, en Rusia, hasta el transiberiano horadando la nieve, bien estibada raíz de sliwovitza, ráfagas de tus muslos de uniforme, mi mono azul pasado está de moda, cuando en el capitol la rebelión a bordo y ginger rogers entusiasmada de sus falsos clientes, el antepecho del balcón quebrado por la metralla. En el acuárium un teniente de carabineros revolaba su capa al son de salomé con palmas, salomé maría salomé, a los piés de un limonero flo­recido veinte años que jamás olvidaré.

            Aunque la mariposa apolo, cleopatra de las ruinas trate de su debida apropiación, sus colores azules de cobalto candente, dirías que es del trópico el respirar frondoso, dirías que el deseo vuela inestable de una fuente a otra, dirías que es el juego trágico de contar los segundos de sesenta y tres años hasta mudar el cuerpo en un segundo inmenso de eternidad enig­mática, de integral en las fórmulas fragmentarias del tiempo.

            Quién será ese viajero pensativo que en la gran sala del aeropuerto mira hacia el frente a través de las encristaladas puertas donde se arremolinan los presagios. De vez en cuando pasa su mano por el pelo blanco, enciende un cigarrillo lentamente, lo deja consumir entre los dedos o lo lleva a sus labios. ¿Se marcha acaso para no volver? No tiene prisa, medita sus enigmas, ni siquiera atiende las instrucciones de los alta­voces. ¿Calcula sobre lo imposible? ¿Con las sombras de fue­ra o las de dentro? ¿O es que regresa a su patria? ¿Pero es que tiene una patria? ¡Quién lo diría! Su lengua ya no sabe formular los términos que fueran mensajes del peligro, la mano es de patética ternura, cual si el alma de un niño la moviera. Voces indiferentes desde el techo anuncian procedencias o destinos, mira el reloj, las cinco y media, presiente los minutos peligrosos, vuelve a mirar, las seis, vuelve a advertir que hay traidoras constelaciones al otro lado del mapa, y ya prefiere un país donde las cosas no tengan nombre y el viento cambie diez veces de rumbo a lo largo de unos minutos”.

José María Martínez Laseca

miércoles, 16 de agosto de 2017

Concha de Marco: Cantos del compañero muerto (1)

Con esta introducción, trazada mediante unas cuantas pinceladas sueltas, se pretende contextualizar  el emotivo poemario de nuestra poeta Concha de Marco (Soria, 23 de mayo de 1916-Madrid, 19 de octubre de 1989) titulado “Cantos del compañero muerto”. El que aquí reproducimos íntegramente para dárselo a conocer a los curiosos lectores.  A él ya habíamos hecho mención en otros artículos anteriores, tales como “Concha de Marco: carnet de identidad” [en Revista de Soria, nº 8, 1995] y “Concha de Marco (1916-1989) [en la Revista Celtiberia, nº 96, 2002],  así como en mi libro, más reciente, “Concha de Marco en carne y verso” publicado en 2016 por el Ayuntamiento de Soria, con motivo de la celebración del centenario de su nacimiento.
Pero la expresa referencia  al mismo todavía se antepone más atrás en el tiempo. Respondió su noticia primera al momento de la “Exposición-homenaje: Juan Antonio Gaya Nuño (1913-1976) entre el espectador y el arte”, que se llevó a cabo en la sala de exposiciones de Caja Soria, del 16 de febrero al 16 de marzo de 1990, para dar a conocer el traslado a la ciudad de Soria del valioso legado bibliográfico y pictórico del gran escritor, historiador y crítico de arte nacido en la localidad de Tardelcuende. A tal fin divulgador de su figura, Ignacio del Río Chicote y yo, en tanto que comisarios de la muestra,  elaboramos el correspondiente catalogo de presentación, toda vez que Concha de Marco, con la que colaboramos muy estrechamente en el proyecto, falleció  –"en un lejano otoño, cuando quemen rastrojos"–  sin tan siquiera poder asistir a su apertura, que contó con la presencia destacada del profesor e investigador del arte, Alfonso E. Pérez Sánchez. El poemario, al que aquí aludimos, nos llamó especialmente la atención y por ello decidimos incorporar la transcripción de su primera página, justo debajo de la fotografía que reproducía la pequeña escultura de Jorge Oteyza “Puño gritando en el desierto”, auténtico retrato de Juan Antonio Gaya Nuño (véase la página 63 de dicho catálogo).
El texto mecanografiado de “Cantos del compañero muerto” está estructurado en un total de treinta párrafos, de distinta extensión, que se recogen agrupados en tan solo diez páginas. Si bien, inicialmente, parecía que iba a formar parte del “Manuscrito hallado en lo más intrincado del laberinto, con el que se da fin a las aventuras de los tigres transparentes”, al final la autora le otorgó una entidad propia e independiente.
En lo que atañe al momento de su escritura, resulta bastante fácil deducir que dicho texto fue elaborado por su compañera de toda una vida, Concha de Marco, durante el duro proceso vivido de la enfermedad y agonía de Juan Antonio Gaya Nuño, el que se prolongaría desde su diagnóstico inicial, en noviembre de  1975, hasta la fecha de su muerte, el 6 de julio de 1976.
No cabe duda que el esfuerzo intelectual que le supuso la escritura de este poemario tuvo para Concha de Marco un efecto de calmante o alivio. De ese modo, pudo soportar mejor un trance tan amargo y trágico. Lo podemos considerar, pues, como la mejor manera de gestionar el dolor producido por la visualización, día tras día, de la lenta consunción de su ser más querido, y en el que afloran a la superficie de la mente numerosos recuerdos de la vida cotidiana compartida.
 Sabido es que, en tanto que arte de creación, la poesía supone la expresión artística de la belleza por medio de la palabra sujeta a la medida y cadencia de que resulta el verso. No obstante, frente al resto de los otros poemarios de Concha de Marco, a los que nos hemos referido en trabajos como los ya arriba mencionados, plasmados en los usuales versos, “Cantos del compañero muerto” nos resulta ciertamente rompedor por estar escrito en una suerte de prosa poética, al modo y manera de  lo aportado por los poetas malditos franceses Baudelaire,  Rimbaud,  Verlaine y Mallarmé, y que, posteriormente, continuaría aquí, en España, su tan admirado poeta Juan Ramón Jiménez.
            La poeta se va a sentir así liberada de todo tipo de trabas para poder expresar con total naturalidad sus pensamientos  más íntimos, centrados en su dolorido sentir, dotando al conjunto del texto de un intenso lirismo. Porque cada frase está esculpida con exquisita lucidez. Y se advierte un tono elegiaco –“solo se canta lo perdido”– en la temática tratada. Temas tan constantes en la literatura, como los del amor y la muerte, se ponen aquí de manifiesto en una lucha de oposición de contrarios, tratando de encontrar sentido a la existencia, humanizando el contenido. En consecuencia, el duelo del yo poético sigue una trayectoria marcada por diferentes rodeos con la clara finalidad de identificar quien era el muerto y lo mucho que se perdió con él.
A fin de cuentas, al españolito Juan Antonio Gaya Nuño, que padeció el infortunio del exilio interior, ahora le “están matando las dos” Españas.  Se trata, la suya, según se nos dice, de una vida prolongada en treinta y siete años más. Después de haber sobrevivido a aquella celda de castigo cruel en el campo de exterminio de Valdenoceda (Burgos), tras acabar perdiendo la guerra civil 1936-1939 frente a los facciosos que se levantaron en armas contra la República. Con lo que la muerte del compañero se advertirá finalmente como una auténtica liberación para su alma, en pena prolongada, al cerrarse el poemario con la cita de estos versos subrayados de Quevedo: la cárcel rota y la prisión burlada.
  
CANTOS DEL COMPAÑERO MUERTO

            "Tres días antes de morir empezó a gritar; su silencio, cada vez más audible, me ensordecía. Temblaba la casa. Murió gritando, gritando yació toda la noche, muerto, gritando su des­mesurado silencio. No logré cerrarle la boca; lo intenté varias veces: El rigor mortal de los músculos había comenzado tres días antes. Gritaba todas las palabras que no dijo, todos sus cautiverios, todos sus exilios, todas sus derrotas. Siguió gri­tando dentro del féretro cerrado, gritaba en el horno cremato­rio, y del silencio de su boca salían llamas gritando. Conver­tido en cenizas, éstas siguen gritando, y su recuerdo vivo que llevo a flor de piel y en mis hondos adentros cada vez grita más, grita, desesperadamente, su silencio.

            Comienza a pronunciar lo que te dicta el enigma absolu­to que se viene a los labios impulsivo, de razón inconexa, por dentro cristalina, propágase en selváticos racimos de memorias sobre las lejanías, aéreas estructuras de áureos firmamentos, antecedentes mitológicos, tumbas de legendarios agonistas y bandadas migratorias de tribus desaparecidas en mi sangre pro­picia a todos los hechizos, el quíntuple dominio del sentido en esplendor de intimidad y viento.

            Oh enemigo de la patria, no preguntes más al rumor de generaciones que pasan con locura, de disputados dioses que a la aurora se mueren contra los ventanales polvorientos, el triun­fo de la tierra para lo consumido; vida llena de aristas, preci­picios de fuego y de tiniebla que aquí defiendo con bandera propia, el pasado tiene fulgores de mineral negro, brutalidad y miseria, la injusticia bebe aún en copa de oro el zumo de su viña.

            Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios: tú eres más infortunado, te están matando las dos”.
José María Martínez Laseca

viernes, 4 de agosto de 2017

Celebración de "un soneto para Soria"

Nos juntó, este pasado jueves 3 de agosto, de nuevo, un acto de celebración poética, y en consecuencia gozoso, como es la entrega del premio al ganador del certamen “Un soneto  para Soria”, que cada año convoca el Círculo Amistad Numancia. En esta su quinta edición lo ha conseguido, como dijo su Presidente Adolfo Sainz, el poeta Andrés García Motos, granadino de nación, pero de habitación en Casteldefells y vinculado al pueblo de Adradas por su esposa soriana. Con su soneto “Castroviejo”, referido al bello paraje soriano de Duruelo de la Sierra.  Donde parece que las rocas sueñan ser una misteriosa ciudad encantada. La que conforman los restos de una escuadra de navíos petrificada, encallada en el mar de pinares, bajo un cielo infinito. Enhorabuena por ello, de parte de los miembros del jurado, que se lo otorgamos por unanimidad. Advertimos en él, la inspirada costura de las palabras que, si no nos equivocamos, también pudimos apreciar en la confección de otra bella estampa paisajística relativa a otro de los paisajes singulares de nuestra   provincia de Soria, cual es el  Cañón del Río Lobos.
Nos encontrábamos en el marco adecuado de ese viejo Casino, de tantas resonancias poéticas. Sin duda “un lugar para la poesía”, que aloja, asimismo, bajo su techo a “La casa de los poetas”.  En esta “ciudad para poetas” con sus tres grandes tenores líricos: Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado, y Gerardo Diego. En vísperas de la apertura de la feria del libro “Expoesía”, que este año gira en torno a exilios y poetas. Este mismo año en que celebramos el 2.150 aniversario de la gesta de Numancia frente al todopoderoso imperio romano. Y ello me ha llevado a arrimar el ascua a nuestra sardina. Es bien conocido que durante cierto tiempo se discutió el emplazamiento de la heroica ciudad celtíbera, habiendo quienes, interesadamente,­ lo trasladaron a Zamora. Pues bien, entre 1924-26 viajó por España el embajador y humanista veneciano Andrea Navagero, que al pasar por estas tierras anotó: “a cuatro leguas a la derecha [desde Gómara] se alza Soria, junto a la cual se ven todavía las ruinas de Numancia”.  Algo evidente, Numancia está en Garray, como ya afirmó, en 1499, el autor de la primera gramática castellana, Elio Antonio de Nebrija, al ubicarla en su lugar exacto. “Era en Numancia, al tiempo que declina / la tarde del agosto augusto y lento, / Numancia del silencio y de la ruina, / Alma de libertad, trono del viento.”, tal y como la cantó Gerardo Diego en su certero soneto “Revelación”, de 1948.
Digo que, este personaje, Andrea Navagero, es relevante, además, para nosotros por ser el auténtico introductor del soneto en España. Antes lo había intentado Íñigo López de Mendoza, el famoso Marqués de Santillana, el de las “Serranillas”, con sus “versos fechos al itálico modo”. No obstante, lo definitivo vino tras el encuentro del mencionado embajador veneciano con el poeta Juan Boscán, amigo íntimo de Garcilaso de la Vega,  en 1526, en Granada. A partir de aquello, se desarrolla en nuestra literatura una larga historia del soneto, con poetas de todos los tiempos, lo que resultaría muy largo de relatar.  Añado que mantiene su plena vigencia  e interés hoy en día, como  bien corrobora el éxito de nuestro certamen “Un soneto para Soria”.
            No es nada fácil cumplir con la exigencia de crear un soneto.  Una composición poética de 14 versos endecasílabos. Con dos cuartetos y dos tercetos. De arte mayor y rima consonante, conforme a su rígido corsé  clásico: ABBA, ABBA, CDC, CDC. Y que resulte, por ende, atractivo y sugerente. En nuestro caso, sobre la temática de Soria,  capital y provincia, en sus múltiples facetas. Por conseguirlo exitosamente, reiteramos nuestra sincera felicitación al autor del bello soneto titulado “Castroviejo”, el que todos podrán degustar con su lectura, puesto que va a quedar expuesto a lo largo de todo un año,  en el local del Casino Amistad-Numancia. Es el merecido reconocimiento a quien ha sabido contemplar lo nuestro con una mirada diferente de la normal. Lo que le hace, por añadidura, merecedor de nuestro mayor agradecimiento. 
José María Martínez Laseca
(3 de agosto de 2017)

domingo, 25 de junio de 2017

Del 15-J y nuestra transición política

Está dando que hablar. Celebramos ahora los 40 años de las Elecciones Generales del 15 de junio de 1977. Para muchos españoles, supusieron la culminación del tránsito desde la orilla oscura de la dictadura de Franco –tras su muerte en cama, el 20 de noviembre de 1975– hasta la orilla luminosa de la recuperación de la democracia y sus derechos. Los que se plasmarían en la Constitución Española de 1978, puesto que las Cortes que resultaron elegidas eran constituyentes. Ejercitar de nuevo el derecho del voto –desde la última vez que se hizo en febrero de 1936, durante la II República– suponía recuperar nuestra dignidad como personas. Ver cumplido un sueño colectivo. De ahí la enorme alegría vivida, desbordada en riada por las calles en los días precedentes. Con toda su liturgia: de sopa de letras o siglas de los partidos políticos concurrentes, eslóganes, mítines, etc.  Con el “habla pueblo, habla” se vislumbraba ya el horizonte de “una tierra que ponga libertad”.  Se dieron sentimientos encontrados de incertidumbre, miedo y esperanza ante su desenlace. Este supuso una apuesta por la moderación: UCD de Suárez (165 escaños) frente a AP de Fraga (16) y PSOE de González (118) frente al PCE de Carrillo (20). Lo más sorprendente para el mundo: que un país cainita como el nuestro fuera capaz de acometerlo en paz. El desatado y bien desatado se hizo de ley a ley, con el empuje de los reformistas del régimen  y la complicidad de la misma oposición, ante el temor de que se produjera otra guerra civil. Los Procuradores de las Cortes franquistas se hicieron el haraquiri al aprobar la Ley de Reforma Política de 1976, refrendada en referéndum por el 94,2 % del pueblo español. Se levaban así las anclas del pasado. Hubo restauración monárquica con Juan Carlos I, legalización del PCE, amnistía, autonomías, Pactos de la Moncloa… Desde el consenso, sí. Mas, no faltaron intentos desestabilizadores (terrorismo, operación Galaxia, 23-F, etc.). Aun así se ha dicho que en realidad nuestra transición  no concluiría hasta el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea, durante el Gobierno Socialista de Felipe González, el 1 de enero de 1986. Lo cierto es que este espacio de 40 años transcurridos supone el periodo de convivencia  y concordia democrática más largo de nuestra historia. En aras al progreso y a la modernización, que han trasformado aquella España negra  en otra multicolor. Como tan cierta es, también, la fractura generacional abierta entre el 60% del electorado (mayores de 45 años) que la vivieron y la recuerdan, con emoción, en positivo; y el otro 40 % que la conoce solo de oídas y lecturas y que la cuestiona. Porque, tras el 15-M de los indignados en 2011, muchos de los problemas de la política actual (desigualdades sociales, corrupción, cuestión catalana, bipartidismo, ley electoral…) son formateados por los relatos de la transición. Y en esas estamos liados. Hubo, no obstante, un tiempo por aquí, tras los 40 años de soledad y dictadura, en que fue preciso poner su nombre de nuevo a las cosas. Porque estas carecían de él. Y todo ello, con el noble fin de conseguir hacer de España un país tan normal como lo eran los del resto de Europa. 
José María Martínez Laseca
(21 de junio de 2017)

lunes, 8 de mayo de 2017

Sobre lo del cronista oficial de la ciudad de Soria

Hecha pública en los medios de comunicación la propuesta de la Comisión competente a la Alcaldía del Ayuntamiento de Soria para que su Pleno nombre al nuevo Cronista Oficial de la Ciudad de Soria, algunos conocidos se han dirigido a mí, por trascender que era yo el otro aspirante. Lo ideal sería que accedieran al expediente tramitado y pudieran formar mejor su propia opinión. Ante la dificultad de que puedan lograrlo, va aquí mi relato al respecto.
En efecto, incitado por el concejal de C´s, me presenté a dicho cargo (honorífico y sin sueldo) al estar jubilado y dado que, “motu proprio”, desde hace tiempo, vengo escribiendo e investigando sobre temas sorianos y participando en la vida cultural de la ciudad siempre de una manera altruista. Nada perdía por intentarlo. Uno mantiene la expectativa de poder aportar algo a los demás. Lo necesito para vivir y no para tan solo sobrevivir. Tardó en salir la convocatoria desde que se anunciara. Su Reglamento lo recoge el BOP de 20 de julio de 2016.
Presenté mi solicitud acompañada del currículum y memoria exigidos. Pedía, literalmente, “que se especifiquen los méritos que concurren en el candidato, junto con reseñas biográficas y, si las tuviera, bibliográficas.” Y así lo hice. “La instrucción del expediente –decía– se dirigirá a acreditar y valorar los méritos del candidato en cuanto a su obra, actividad y/o conocimiento sobre el municipio de Soria”. Todo se centraba en estos tres pilares. Allí no se incluía otro baremo de evaluación. Acaso con el criterio abierto de buscar el perfil más idóneo de Cronista.
            Podía recurrirse a una Comisión Técnica. Y esta se constituyó con Teresa Valdenebro (concejala del PSOE), presidenta; José Boces (técnico del Ayto.), secretario y Carlos de la Casa (funcionario de la Junta) con Yolanda Martínez (funcionaria de la Diputación), de vocales. Estos dos últimos tenidos por “profesionales independientes con acreditada trayectoria y prestigio en la ciudad y en los diferentes ámbitos de la vida soriana”. Me lo dijeron extraoficialmente y manifesté mi intención de retirarme si su informe era vinculante, pero fue ya demasiado tarde para hacerlo cuando se me contestó.
            Una vez tuve audiencia al expediente (2 de marzo de 2017), supe la puntuación final otorgada y de la actuación de la Comisión Técnica a través de las actas de sus cuatro sesiones. En base a ese conocimiento, mostré mi discrepancia presentando, el 9 de marzo de 2017, en el Registro del Ayuntamiento un escrito de 7 páginas con mis ALEGACIONES –las que entregué también a todos los Grupos políticos– centradas en estas cuatro argumentaciones lógico-deductivas, que sintetizo:
            La primera, cuestionando la independencia y neutralidad de los vocales de la Comisión Técnica. En concreto de Carlos de la Casa, dada su estrecha relación con el otro aspirante, por lo que debiera haberse autoexcluido para no ser juez y parte. La Ley 40/2015 de 1 de octubre de Régimen Jurídico del Sector Público, art. 23.1 y apartado 2, C, advierte claramente que deberán abstenerse de intervenir en el procedimiento y apartarse del mismo, entre otros casos, en el supuesto de “amistad íntima”, como entiendo que se da aquí, puesto que “en Soria nos conocemos todos” y se podía,  además, colegir de los datos aportados en el currículum del otro aspirante.
            La segunda, tan importante o aún más que la anterior, se centra en la irregularidad del establecimiento de un baremo de valoración sobrevenido, toda vez que este no se hizo público en la convocatoria del BOP ya citado. Y, además, con la anomalía añadida de que dicho baremo se elabora una vez conocidos los “curriculum vitae” aportados por los candidatos. Por lo que no es difícil pensar que el traje se hace a la medida de uno de ellos. Resulta muy llamativo en tal sentido que la prioridad se centre, casi exclusivamente en la bibliografía de Soria, relegándose sutilmente, o minusvalorándose otros aspectos de “obra, actividad y/o conocimiento sobre el municipio de Soria”, cono se recogía en el propio Reglamento del Cronista. Ocurre así con mis iniciativas de “La Saturiada” y de “Un soneto para Soria”. Mi beca del Centro de Estudios Sorianos para investigar sobre la Real Sociedad Económica Numantina de Amigos del País de Soria, para la Historia de Soria de J. A. Pérez-Rioja, a lo largo de todo un año (1982-83), se equipara en puntuación a un artículo publicado en una revista divulgativa (= 0,25 puntos). E, incluso, la singularidad de mis dos blogs en Internet queda astutamente anulada.
            La tercera resalta lo paradójico que resulta la “Valoración actividades profesionales”, pues “considerando que ambos candidatos presentan una trayectoria profesional similar –son funcionarios técnicos del grupo A1 de la Administración, profesores de la UNED, han desempeñado puestos de carácter político (…)”, las diferencias que se dan en cuanto a antigüedad docente en la UNED y desempeño del cargo de Diputado Nacional por Soria, manifiestamente a mi favor, se desautorizan con descaro. 
            Y en la cuarta y última se  entresacan algunas de las valoraciones erróneas de la Comisión Técnica que, aun por pequeñas que estas sean, siempre favorecen a la otra parte y  a mí me perjudican.  
             En la aplicación correctora de su tabla de evaluación, que yo realizo en mis alegaciones, utilizando su misma vara de medir, le doy la vuelta al resultado, con lo que pongo de manifiesto que, tras la apariencia de verdad técnica asociada a las cifras o los números, puede en realidad ocultarse una falta del debido rigor en su aplicación. Son hechos y no opiniones. También añado allí que tampoco se han tenido en cuenta por la susodicha Comisión Técnica otro tipo de aspectos cualitativos (en consonancia con la filosofía del Reglamento del Cronista) como pudieran ser los referidos a la propia presentación de los currículum vitae y memoria, disponibilidad de tiempo para el ejercicio del cargo, valores que se fomentan y promueven, creatividad, incardinación de acciones dentro de un proyecto para la promoción exterior de la ciudad, etc.
            A día de hoy, nada se me ha contestado a mis alegaciones. Yo me enteré por la radio de la decisión adoptada, en la entrevista realizada en la SER a la Concejala Delegada Teresa Valdenebro. Y entendiendo que, como indican los clásicos, es del contraste de pareceres de donde brota la luz, hago público este escrito, que muy bien pudiera servir a la vez de aclaración y respuesta a cuántos me preguntan por la calle sobre el caso.
            Y quedad tranquilos, porque, a fin de cuentas, lo más importante para mí es que nadie podrá arrebatarme nunca este resquicio de la escritura donde uno resiste, piensa libremente y trata de llenarse de dignidad. 
José María Martínez Laseca
(25 de abril de 2017)

domingo, 30 de abril de 2017

Un día cualquiera (o de la obsolescencia programada)

“El hombre es un ser hacia la muerte”
MARTÍN HEIDEGGER

Hay muchos artefactos fabricados a imagen y semejanza de la luminosa idea de aquel que los diseñó, por si alguien los pensara surgidos de la nada. El hombre se las ingenia y los conforma en su estructura y su carcasa cual delicados mecanismos, de acuerdo con su cometido o los servicios a prestar. Y, si es preciso, les insufla alguna inteligencia artificial. De ahí que a los productos más sofisticados tecnológicamente se les note una cierta ansiedad.

            Ellos no han cometido ningún pecado original y, sin embargo, como si fueran vulgares malhechores, se verán expulsados también del paraíso. Hechos para tirar. Porque el monstruo voraz del sistema capitalista impone su más salvaje ley del comprar-tirar-comprar para que siga en marcha la cadena de producción infinita, que es la que le da sentido y lo sustenta. De este modo, el círculo vicioso de la oferta y la demanda, en aras al progreso, exige el sacrificio de tales aparatos electrónicos, que llevan planificada de forma deliberada, desde su mismo diseño, su fecha de caducidad o finiquito de su vida útil. Con escasa reutilización o reciclaje.  

            Que todo se hace por incrementar la adición al consumo en un mundo pretendidamente feliz como el actual. Donde se da preferencia al tener sobre el ser. Al tanto tienes, tanto vales. A los consumidores frente a los ciudadanos. En lugar de indagar cuánto hay de verdadero en la expresión: no es más rico quien más tiene, sino quien memos necesita. Porque los hombres mueren y no son felices, como advirtió Albert Camus. Sin que tampoco parezca que importe lo más mínimo la enorme utilización de recursos cada vez más limitados. Ni las nocivas consecuencias que de ello se derivan para el medio ambiente y para la existencia misma de todo tipo de vida sobre el planeta tierra. ¿Hasta cuándo seguirá impasible todo esto? Alguna vez ¿surgirán -como pretendía Ángel González- otras formas limpias, puras, libres acaso para siempre del estigma fatal de la chatarra?

            Los animales mueren, pero no lo saben, y otro tanto les sucede a las plantas.  Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque ésa ya no siente, cantó Rubén Darío. Porque saber que va a morir es únicamente prerrogativa humana. Aunque desconozcamos si el camino será largo o corto.  

            Según se lee en los libros, somos nosotros los hombres un mero capricho de los dioses, puesto que nos hicieron a su imagen y semejanza, como seres efímeros. Cual cometas fugaces. Conscientes de que nos enfrentamos a la muerte. No ha de extrañar por eso que se nos niegue la luz  en un día cualquiera.

 José María Martínez Laseca
(26 de abril de 2017)

miércoles, 1 de marzo de 2017

Sobre el poemario Es-co-gi-dos

Este pasado viernes 24 de febrero, pude participar en sala del Aquárium Donostia de San Sebastián en la presentación del nuevo libro de la poeta, compositora musical y acreditada pianista, Maricruz Galatas. Se trata de “Es-co-gi-dos, Antología poética 1992-2016)”, un poemario bellamente editado por Gráficas Lorea, bajo el diseño del Estudio Lanzagorta.     Por lo que la tarde que nos juntó a un grupo de amigos de la autora resultó muy especial, gozosa para toda la concurrencia, ya que no se prodigan mucho, en tiempos como los que corren,  bautizos de este cariz cultural.
            En consecuencia, acudimos allí para hablar de poesía. Y en lo que a mí respecta, pese a que me dieran el uso de la palabra, tildándome de experto en tales lides,  sentí tener que defraudarles al decirles que me resultaba imposible definir lo que es la poesía. “Poesía eres tú”, dijo Bécquer teniendo por destinataria a una mujer. A lo que, desde la parte receptora, le responderían: “Poesía soy yo” (mediante una antología de poemas escritos por mujeres en el siglo XX, para empezar a saldar así la cuenta con Ellas largamente contraída). Y aún añadí que, tampoco me satisfacían plenamente ninguna de las numerosas aproximaciones ¿clarificadoras? que había podido encontrar puestas en boca de muy ilustres creadores o críticos literarios.
            Puesto que en eso que todos llamamos y tenemos por  poesía se advierte siempre un cierto halo de misterio. Como en la contemplación de las mismas estrellas que coronan la bóveda celeste o, más aún, de la impactante luna preñada de oro en el centro de la noche oscura. Tanto como en el enigma mismo de vivir.
            Porque, frente a otras ciencias, lo que la poesía hace es revelarnos algo  esclarecérnoslo mediante imágenes y metáforas. De ahí que constituya esa joya preciosa fraguada con la paciencia exquisita de la misma perla en el vientre de la ostra. Como una estalagmita gota a gota forjada. Esa poesía, siempre tan necesaria. Cual alimento para matar el hambre. “Como el aire que exigimos trece veces por minuto”, en palabras  del inconmensurable poeta vasco Gabriel Celaya.
            Porque, quizás, ahora más que nunca, todos nosotros necesitemos cargar nuestras mochilas de ilusiones. Con la esperanza de un mejor futuro. Máxime en esta sociedad egoísta e insensible, con el sombrío panorama de crisis de valores y de tantos desfalcos en lo público, que ensanchan hasta lo insoportable las desigualdades entre las personas.
            En verdad que a mí me gusta la poesía sencilla, pura y cristalina. Sabiamente tejida con esa inteligencia que halla el nombre preciso de las cosas, según  pretendía Juan Ramón Jiménez. Cual un suspirillo, la prefiero. Con el primoroso encanto de nuestra lírica tradicional. Como en esta letrilla sacada de una danza de paloteo (o de espadas) de San Leonardo, entonada a ritmo de dulzaina y tamboril y, como en una rogativa, reclamando la lluvia al insistir: “Fuentecita, mana y mana / y cogeré. / Que está esperando mi amor / y tardaré”.
            Similar en su síntesis de puño apretado a la plasmada en este Haikou, ya culto, de Mario Benedetti, en acertado ariete contra nuestro absurdo engreimiento o nuestra soberbia desmedida: “La mariposa / recordará por siempre / que fue gusano”.
            De aquí que, frente a la autocomplacencia, yo apueste por el temblor de la duda como mejor camino del conocimiento. En la convicción de que la grandeza se encuentra en medio de la tempestad, cual advirtiera Heidegger que sabía de nuestro precario equilibrio (pues somos caducos cual hoja del nogal) al apreciar la angustia de la muerte como un ingrediente básico de nuestras vidas. El mismo Heidegger que identificó la lengua como la casa de la verdad del ser, pues solo concebía el mundo humano en clave de lenguaje.
            Cuando un  niño se cae y se hiere en su piel, su madre le recita este remedio: “Cúrate, / cúrate sana, / anca de rana. / Si no te curas hoy, / te curarás mañana”.   Desconozco, les dije, si la poesía resulta sanadora contra los dolores de cabeza o los remordimientos de conciencia. Pues los peores males son: soledad y pensamiento. “Escribo muchas veces –dijo cierta poeta– para sanar las heridas o para reconciliarme con el mundo”. En todo caso, entiendo que es también cuestión de fe. Por lo que frente a los muchos que acostumbran a croar como ranas a través de las redes sociales: yo, señoras y señores, debo confesarles que sí que creo (de crear y de creer) firmemente en el efecto benéfico de la poesía.
            Puesto que, como advertía mi paisana la poeta Concha de Marco: comprendo que el más alto escalón en lo que respecta al pensamiento humano es el de la poesía. Eso de que en pocas palabras consiga reflejar un estado de ánimo profundo y con él el personaje que lo soporta y siente es una cosa única.
            A fin de cuentas, una poesía que fortalezca a los demás y nos haga sentir el placer de lo que dura, de lo que en el recuerdo no se rompe y perdura.
            Vuele, por ello,  la poesía, cual mariposa, que despliega sus alas multicolores al sol y al viento. Sirviéndose, en su caso, de palabras que nos hablan, nos interpelan y nos emocionan. Que nos trasladan al fondo del espejo.
            Y es que música y poesía, poesía y música son algo que necesita Maricruz Galatas manipular constantemente en su trama y urdimbre. Cual hilandera hacendosa para redondear su partitura o entretejer  sus poemas.  Tanto como el soñar.            
            Tratando de calmar esa insaciable sed del ser de su existencia.
José María Martínez Laseca
(1 de marzo de 2017)